Aquí se viene a jugar con las palabras. A vaciar nostalgias. A comprender miradas y silencios. A compartir sin disfraces. Con seudónimo pero el alma verdadera...

jueves, 25 de noviembre de 2010

La vida y el deporte, aunque no sea un tratado sino un día difícil como cualquier otro...

Tengo de nuevo al elefante sentado sobre la cabeza. Es tensional, lo sé. Pero molesto, igual. Independientemente del origen de la jaqueca, del dolor de cabeza, de la cefalea. Una presión uniforme por todo el perímetro craneal, permanente, intensa y con un origen conocido, con relación de causalidad, vamos. Por tanto, no me preocupan las consecuencias sino la forma de controlarlo, matizarlo y hacerlo desaparecer. Toda la tarde de infructuosos y tímidos esfuerzos. Inútiles. E intercalando sonrisas y ánimos porque hay quien está todavía en peores condiciones y necesita palabras grandes, miradas cómplices y repetidas y breves palmadas en la espalda, a la altura del hombro. Hay momentos en los que la vida se llena de enormes preocupaciones, de grandes decisiones, de momentos críticos en los que hay que actuar deprisa o de manera meditada. otros, en cambio, no. Hoy se jugaba un partido, con riesgo. He sido parte del equipo y defendía una suerte de portería, grande y profunda [ojo con símiles inadecuados, niñas; que no] y es como si estuviéramos en segunda prórroga. me siento igual de nerviosa, inquieta, ansiosa y presionada. Igual.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Vigorexia...

Subo las escaleras de a tres y no quiero estar sentada. Me remuevo en la silla porque se retrasan en traerme la comida. Me he abstenido de ir al gim para ver si descansando un poco consigo bajarme el ritmo. Y es que he dormido seis horas seguidas y se conoce que me han regenerado. No. Por fuera no. Milagros tampoco. Sigo pareciéndome un poco a Pluto. Una retirada, vamos. Por las mejillas, digo. Vale. Sé que exagero pero es que en breve me hago andaluza. Todo se pega menos la inteligencia. También eso lo sé. Speed, que también se le llama a la velocidad con la que transito y me muevo y mantengo. Como un crucero. Mientras sueño [¿será por planes?] con infinitas playas de arena blanca [o rubia], sin gente, con horizonte azul y un sol de los que me obliga a vetir gafas muy oscuras y a repetir constantemente aplicación de protector solar del 40 [que yo, como Jei, también soy, de hecho, extremadamente blanca]. Y carreteras vacías que recorrer en moto, sin horarios, sin prisa, sin reloj, contigo...

martes, 23 de noviembre de 2010

Exagerando...

Me pesa la cabeza y no me gustaría que sonara a queja. Es una forma de pasar por el teclado [ese que a estas alturas tecleamos con prisa y precisión] la mañana de hoy, con este cielo casi blanco de tan celeste, tan de invierno, tan frio. Se presiente la nieve y la temporada que comienza y se me instala la pereza. Por el frío por el gris por el hielo y por recuerdos de miedos en una carretera nevada, helada, brillante en una montaña desconocida, noche cerrada y cielo negro; los copos reflejados, magnificados, por las luces cortas; el sudor de las manos medio agarrotadas [por el frío y por el propio miedo], el no saber a dónde hay que llegar y mucho menos cuándo, el sentir los neumáticos resbalando bajo tu propio peso y el volante de material sintético a medio congelar. Total, no pasó nada y aqui estoy. Vale. Pero anda que tener que repetir la escena con un par de años de diferencia no fue en absoluto agradable...

lunes, 22 de noviembre de 2010

Colores pero sin título...

Me da pereza escribir si veo los días que han pasado desde el último post. Y me da pereza igual, sin verlos. Esa sería la palabra que llena bocas. Pereza. Me sorprende verme sin ganas ni temas ni ideas ni inquietudes. Ni nada. Hay cosas que no cambian nunca y otras que son como son. Pero esta sensación es nueva y el silencio prolongado en el tiempo es incómodo. No quiero leerme. Ni que me lean. Tampoco. Y eso, evidentemente, hace que me repiense la razón de esta ventana al público. Si quiero intimidad basta con hacerlo privado y desaparecerme. Ni que fuera a ser la primera vez. Pero tampoco aquella vez primera [o segunda] en la que decidí cerrarlo [estaba siendo un poco perseguida y/o acosada, todo hay que dejarlo escrito] me sirvió de nada y tampoco me fue de ninguna utilidad. Así que se me fueron las ganas. De cerrar el blog, digo. Y de escribir. Y hasta de correr o cuidar mi dieta o ser amable cuando tengo [es un pequeño símil, un guiño] la boca llena de culebras y las peores intenciones y sin embargo.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

J'te le dit quand même...

Un coche dorado intenso y una de las calles más anchas de la ciudad. Un ático pequeño y una terraza con plantas. Hamburguesas especiales y verduras, un gato. Pelo moreno bastante corto y muy brillante. Una ducha con mampara esmerilada en la que apenas cabían dos y una cama estrecha. Miles de conversaciones y tres cientos silencios llenos de reproches. Escapadas de fin de semana y de miércoles por la noche. Descubrir restaurantes y todas las playas. Disparar fotos de manera indiscriminada para dar la bienvenida a la era digital. Música con letra y ningún baile de son ni de salsa ni de nada. Las mejores caricias del mercado y besos sin superar, a estas alturas. El pelo revuelto sobre tu sofá naranja y la manta marrón. Orden impecable y mi confusión y la traición. Doble. Consciente. Egoista. Lúcida. Sin improvisar. Doliente. Con todas sus consecuencias. Perfecta.
Tendría que empezar a encender velas y a prepararme para mañana. No en genérico [que también] sino el que comenzará después de mis varias siestas a partir de las siete, con el sonido del despertador. Este miércoles cansado, tan sola, tan poco acostumbrada ya, envuelta en música francesa y miedos, escucho letras ajenas mientras intento hilvanar frases con sentido. Pienso en ti y en el fin de semana, consciente de que nada cambiará con el paréntesis y lo que es la vida tras el sueño reaparece el lunes, cierta, si es que queda alguna certeza, hoy, cuando me han derribado un par de ellas en una misma llamada telefónica. Quisiera saber que no vas a moverte del sitio y vas a seguir amándome y regresarás, a pesar, aunque...

martes, 9 de noviembre de 2010

En todas estas cosas, pienso ahora...

Cuando comienzo mentalmente con un [odioso] "me gustaría" es porque ando dispersa. Que me conozco. Diría que me ilusiona la ilusión ajena y que pienso en escribirte una carta, que no puedes leer. O en emprender un viaje imposible para cambiar de presente y reinventarme como downshifter de portada de las publicaciones especializadas. Que ya no sé cómo rechazar tus incesantes invitaciones, ajenas a la sutileza y burdas como el cáñamo o el yute o las restantes fibras naturales conocidas. Que los días que separan tu advenimiento son ya solamente tres, que descuento despacio, como si la espera fuera una margarita. Que extraño los días sin prisa de no hace tanto y aquellos en los que leía enormes textos cargados de millones de datos y sensaciones. Ahora rio por las noches y lucho sobre la cama para seguir perdiendo, sin lugar alguno a la mínima duda, mientras escucho alguna carcajada gutural, ya masculina, entre silencios femeninos expectantes que también evolucionan y han dejado, a veces, de emitir queja. Que mantengo la casa caliente y la pintura impecable y he colgado las cortinas que me regalaste unos meses atrás, porque soy lenta en la toma de decisiones, alguna vez. Que todo está perfecto, en equilibrio, sin lucha de fuerzas ni otras descompensacionese. Una nostalgia pequeña, en el pliegue del bolsillo de mi pantalón negro, si. Es pequeña. Pero es nostalgia, al fin y al cabo. Seguramente porque no estás y aún estoy aprendiendo a sobrevivirte...

viernes, 5 de noviembre de 2010

Discúlpame...

...pero en tu ausencia he tomado cuatro aviones y he tenido la oportunidad de hacer nuevo uno de los baños; he paseado largamente por calles infinitas de diferentes ciudades y he perdido la paciencia; he repasado la historia de nuestro Reino y reglas de nuestro lenguaje; me han llamado dos cientas veces y he tenido incontables reuniones; habré escrito más de quinientos correos y habré lamentado recibir por lo menos otros tantos; te he extrañado y me he preguntado qué estarías haciendo, qué caminos andarías y cómo estarías llevando todo lo tuyo, tantas cosas; he visto algunas fotografías y me he puesto nostálgica de llorar y me estoy preparando para un primer aniversario de un dolor; también te he echado de menos y no he pensado mucho más allá, en este dejarme llevar un poco inexplicable [lo confieso, por esta vez], como de crisis... Discúlpame, anda: en estos días he estado algo ocupada...

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El instante capturado en esa foto...

La imagen regresa nítida, como lo era el aire a más de cinco mil metros de altitud sobre el nivel del mar. Horas de incómodo desplazamiento en todoterreno por pistas sin asfaltar, cruzando montañas que a cada segundo ofrecían nuevos paisajes, tan poco familiares y propios de algún espectáculo de reportaje televisivo de la dos. Mejor no recordar el lugar exacto en el que se está y la sugestión no acaba por aparecer. Se hace difícil respirar y la presión en las sienes es rara. Saberse en medio de la nada y siendo avisada puntual y periódicamente de que al menor de los síntomas hay que ponerse en marcha para comenzar un descenso de urgencia resulta inquietante. Hay que dormir ahí, cuando el sol se ponga y no haya nada que hacer; cuando hayamos sobrevivdo a una cena de alta montaña, a base de deshidratados y de sopa de cubitos y pan de molde y mermeladas; cuando el frío comience y el viento -con suerte- haya amainado; cuando el día termine. Vamos, vamos a dar un paseo. No pretenderás quedarte aqui. Un valle inmenso, un altiplano entre cumbres de nieves perpétuas y el lecho de un rio gris, poderoso, limpio, esculpido en la tierra. Mínima vegetación y todas las piedras. Unas fotos, pónte contra el viento y sonríeme, anda, que siempre sales tan seria... Angustia, inquietud, preocupación. Le duele tanto la cabeza... Venga, sigamos caminando, al menos hasta esas banderas de oración, allí dónde la pagoda. El miedo instalado en la boca del estómago, que la noche será larga. Paseo limitado porque el sol se pone y la luz mengua deprisa. Nos llaman a comer, en la tienda grande y [casi sin apetito, casi con reparo] cenamos. Contra todos los pronósticos. Poco, mal, con prisas. Nos aguarda una de las tiendas y ahi el par de camas, una larga noche, dormir con la ropa y tantas mantas que moverse deviene imposible hazaña, ruidos extraños y soledades profundas, negras, acompañadas, infinitas. Mientras te sonreía feliz, en esa foto, con la piel quemada por el sol de esas alturas increíbles y nuestra larga estancia, todavía no sabía lo difícil que sería esa noche, escuchándote, vigilando, esperando...

Robando líneas...

Creo que estoy desaprendiendo a priorizar y ya apenas me detengo, ni respiro profundamente, ni le cuento a la gente lo mucho que me importa, ni me tomo un Actimel. Eso debe servir de ejemplo para que en el futuro recuerde la velocidad de crucero que mantengo desde hace un par de meses. Algún día, lo dejé escrito hace unos pocos posts, me recordaré en estos momentos, desdoblándome, y me sonreiré, egoísta, para mi misma, a solas, mientras inclino levemente la cara hacia abajo. Que me conozco. Y seré de las pesadas que cuenta batallitas de cuando entonces tenía tanto trabajo o viajaba tanto o pasaba el día en la capital del Reino o ni siquiera podía devolver llamadas de cortesía en días que, como hoy, recuerdan a santa...

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Si. Claro. Cómo si fuera tan fácil hacer una definición completa y, además, ecuánime de una misma a estas alturas de la vida... Creo que, por lo menos, necesitaría un fin de semana. ¿Hace? ¿Si? :)

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