Aquí se viene a jugar con las palabras. A vaciar nostalgias. A comprender miradas y silencios. A compartir sin disfraces. Con seudónimo pero el alma verdadera...

viernes, 28 de septiembre de 2012

Reagendado toda la tarde...

He recibido una educación. No sé si exquisita o común. Ni me lo planteo ni me preocupa. Sólo actúo y me sé muchas de las frases bonitas que circulan en Power Points, en libros recopilatorios de mesilla de noche para lectura ligera. Son ya muchos años. No me las sé todas ni pretendo. Pero tengo algunas clavadas a fuego en la piel [no voy tatuada, a quien pueda interesar] y soy practicante. Quiero decir que no sucede aquello de leer, pensar y olvidar; hay principios y valores esenciales, que sigo, implacable. Ahí van un par de ejemplos: "para recibir primero hay que dar" o "no hagas aquello que no te gustaría que te hicieran" o practicar la empatía, decir las cosas con una sonrisa y apostillar con un muchas gracias cualquier intervención humana en todos los ámbitos.
 
Por esa educación de la que hablaba, también soy consecuente. No me gusta practicar lo que critico en los otros, así que mi decisión estaba tomada. No diré que madurada, claro; al menos se había enfriado ["sobretodo no hagas nada en caliente", me habían aconsejado amable y generosamente desde lejos] y eso en mi es un gran paso adelante. Tomada pero sin pensar en alternativas, confieso ahora que ha pasado una parte de lo que he venido buscando y hasta solicitado por escrito.
 
Me he venido abajo y me odio por eso. Me odio por mi y por el género femenino, por haber reforzado el tópico de la mujer que llora en el trabajo para conseguir sus propósitos. No estaba pidiendo nada para mi, estaba exponiendo una queja [enorme, magnificente, crítica con la generalidad del universo empresarial del que formo parte]. Creo que eso es un desagravio para mi y para todas aunque no me consuele. Me he venido abajo por primera vez mientras explicaba con dificultad, frases cortas y grandes pausas, que no me gusta estar donde siento que molesto, que es algo educacional, y que no tenía previsto complicarle la existencia a nadie que se sienta amenazado con mi presencia, mi trayectoria, lo que ha de venirnos a todos. Que me facilitara una salida digna y yo me iría discretamente. Digna económicamente, quiero decir. La otra está sobre la mesa, naturalmente. Cosa de las dos partes.
 
Tenía pensado revisar gastos, cuentas, ajustarme, hasta comprar un coche [lógicamente el mio se quedaba en la que en realidad es su casa, en la empresa] y un teléfono [un última generación que correría idéntica suerte], repasar agenda y retomar proyectos, empezar a luchar en serio en otra parte, bajar los listones, cambiar de vida. Explicárselo de alguna manera a mi ascendiente. Intentar implicar a mis descendientes en nuestro cambio de vida. Pero no me ha dejado. Ha mantenido largos silencios incómodos para ambos mientras yo trataba de reponerme y levantar la mirada, intentado recuperar la dignidad que algún día tuve. Con sus habituales frases cortas ha transmitido un par de ideas, quizá la más relevante es un "no quiero que te vayas", "estás haciendo un trabajo magnífico", "te equivocas" y "tienes una larga trayectoria aqui". Iba a darme un consejo, comenzando por el "yo creo que lo que tienes que hacer es..." y, como siempre, me adelanté: mándame fuera, a uno de nuestros satélites, a Estados Unidos, hablemos de números y me desaparezco... él pensaba en alguna Gerencia, en retenerme. Me ha dado tiempo, me ha pedido que lo pensemos. Me ha citado para un café.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Llorar tanto me agota...

He estado llorando mucho. Creo que hacía un año que no lo hacía, así que [suponiendo bien] la tragedia es magnífica, casi desproporcionada. Estoy intentando recordar cuánto tiempo hace que no estaba en un bucle tan largo, profundo, oscuro y estrecho como el de estos últimos días. Debe hacer unos siete años. Pero sucede que calculo muy mal los tiempos y admiro a quienes son capaces de recordar vivencias y clavarlas en el tiempo, con el mes y el año, con precisión y facilidad.
 
Eso me recuerda a la teoría del cambio y que existen etapas vitales que duran, precisamente, esto: siete años.
 
Tiemblo, me estoy destruyendo, cuestionando, tratando de encontrar la salida para reinventarme, otra vez. No acabaré en nada y tal vez no me mueva ni un centímetro, en mi parálisis, en mis cortas miras [y luces, también; ¿por qué no decirlo?]. Pero es un proceso catártico y necesario que quien haya pasado alguna vez conocerá lo que es el terror y la soledad de un proceso tan íntimo, lo larguísimas que son las noches cuando se valoran planes alternativos, del A, el B hasta llegar al Z. Con angustia y la garganta estenótica y seca. Los ojos hinchados y mojados. Frío y la mirada perdida, dando vueltas, valorando, descartando, imaginando. Un ovillo en posición fetal, mirada perdida.

martes, 25 de septiembre de 2012

A veces recuerdo que te he olvidado...

Todo eso va a esperar. Los ladrillos que sigo debiendo saltar para acceder a mi teclado, los correos que no dejan de entrar, las respuestas que están esperando. Por una vez, ahora, van a esperar. No es exactamente irresponsabilidad ni dejación de mis obligaciones ni egoísmo por dejar pasar primero mis necesidades. Sigo en la fase del qué puedo hacer yo por ........ en lugar de esperar a que .......... haga algo por mi?, tan habitual; sigo pisándome el ánimo cada vez que doy inicio al movimiento alternativo de mis piernas cuando me dispongo a caminar, porque el balón sigue ahí. Pero ahora necesito detenerme a recordar algunos momentos, afilar la sierra (E. Covey en Los 7 hábitos...) y retomar fuerzas; revisar los momentos más intensos de esas últimas horas del fin de semana, los paseos a la orilla del mar y entre viñas en plena vendimia, las manos teñidas de garnachas y cariñenas en perfecta maduración, el remontado de mostos y la analítica de acidez, temperatura y grado. Oirme repetir la misma frase (...pero qué regalo más bonito que me has hecho...), de cerca, de lejos y vocalizando en silencio. La elección de restaurantes y dedicarme, sin ninguna prisa, completamente, a pasearle la piel, caminarla, durante horas, los teléfonos en modo vibración y sin actividad. Hay momentos gloriosos que merece la pena revisitar, repasar, memorizar porque la eternidad es etérea y finita, la memoria falla y el tiempo lo modifica casi todo, sin querer. No sé hacerlo de otra manera pero me gustaría ser capaz de tener recuerdos de momentos reales que permanezcan así, inalterables, fijarlos en dondequiera que se alojen los recuerdos para tener la certeza de que al menos esto no va a cambiar...

lunes, 24 de septiembre de 2012

Ufffffff...

Tengo la garganta como de cartón. La expresión seria y la boca cerrada en una línea horizontal, muy fina [eso suele sucedernos a las personas que no hemos nacido con los labios superiores de algunas razas africanas]. Estoy apagada y sin fuerzas para seguir enfrentándome a medio mundo, con el que no me entiendo. No me apetece quedarme en el despacho y tampoco quiero salir de aquí para llegar a casa. No he sonreido más que una vez en el día y un poco por compromiso, lo confieso. No sé dónde ir a buscar la ilusión para acabar la jornada, empezar otras y llegar a alguna parte, algún día. La sensación es la de estar sentada en el desierto de Atacama [un poner; se me ocurren otros...], a media tarde, con un sol anaranjado intenso, completamente sola según es de ver en las direcciones de los cuatro puntos cardinales, en línea recta o en diagonales invisibles. En esa posición, además, se adivinan las polvaredas que levantan cientos de jinetes cabalgando al galope tendido y sin silla, al más puro estilo mongol, en la dirección en la que yo sigo sentada, con las piernas cruzadas y la espalda muy recta, y yo me entretengo dando vueltas sobre mi misma y estimando la cantidad de atacantes que voy a recibir y de cuántos podré deshacerme antes de morir aplastada a los pies de los caballos de raza árabe y crines brillantes. Estoy decepcionada y preocupada. Cuando has intentado diez veces solucionar algo que no marcha, lo mismo, a la onceava el ánimo decae, supongo. Sobretodo cuando el asunto en sí [de verdad] no es tan complejo. Basta con ponerle algo de voluntad y de creatividad y dar con una solución que no hace falta que sea la mejor, si no una, solamente una. Que sea buena y útil. Me cuestiono y, naturalmente, me siento de la misma manera. Por suerte sé perfectamente que mi existencia no le importa a ninguno de mis escasos superiores, por lo que no creo en ningún caso que trascienda o que haya movimientos más allá de los que se suceden ininterrumpidamente dentro de mi cabeza, que no para de dar vueltas, de lamentarse y de lamerse la herida sangrante producida repentinamente sin instrumentos punzantes.
 
Mi ciudad está de fiesta y yo trabajo. Pero no es eso. Seguro. Porque seguro que mi organismo se está preparando para expulsar un óvulo con violencia, como cada mes. A juzgar por el mal humor y el desánimo, bien podría ser un balón de fútbol de reglamento. O de Pilates...

viernes, 21 de septiembre de 2012

Es tan frustrante...

Hace tiempo que vengo tratando con ell#s. Impecables y exquisit#s en el día a día; confiables, correct#s y educad#s. Probablemente demasiados convencionalismos y formalismos para nuestro gusto. Hay que extremar el cuidado para no caer en coloquialismos y dejar que la confianza se instale en la correspondencia, por ejemplo. Cuando la relaciones son de largo recorrido, no es tan simple. Son riguros#s en sus obligaciones y perfeccionistas y generalmente es fácil trabajar con ell#s.
 
Hablo de los japoneses y de las japonesas. De es#s compañer#s que trabajan mientras dormimos y con quienes es difícil coincidir al teléfono y también físicamente: el viaje (que no he hecho...) es tan largo...
 
Sé que en ese país, entre sus gentes, no tendría ninguna posibilidad: tengo demasiado temperamento para el gusto nipón, ya no sé disimular mis impaciencias y allí las mujeres [aún siendo grandes profesionales] suelen guardar silencio, reprimir sus expresiones físicas en un excesivo control del lenguaje corporal e intervenir poco.
 
Recuerdo que hace un año una japonesa con las que colaboro estaba de visita justo en un momento de especial estrés, con vencimiento de plazo. Me tocaba organizar al equipo para tenerlo a tiempo y eso suponía coordinar respuestas de 30 personas en tres continentes con horarios distintos. A mi las piernas no me daban para zancadas más largas ni en las manos me cabían más expedientes mientras regalaba instrucciones a diestro y siniestro. Un espectáculo, vamos.
 
Sé que ella no lo ha olvidado.
 
En mi caso, ella hubiera mantenido las formas, caminando despacio, sin levantar la voz ni parecer resolutiva. Igual también lo hubiera conseguido...
 
A mi me resulta inimaginable quedarme a un lado sin participar. Y cuando tengo las cosas claras es obvio que mi tono y mi cuerpo entero lo evidencian, sin querer. Tampoco soportaría que las convenciones no me dejaran intervenir, claro.
 
Entre los musulmanes y estas otras culturas, las mujeres europeas deberíamos estar dando volteretas de felicidad, de manera ininterrumpida, hasta sacar la primera papilla...  por lo que tenemos y a veces dejamos de valorar. ¿Es sabido que el paraíso mundial del top less es España? eso que nos parece tan natural...

jueves, 20 de septiembre de 2012

Paisajes habituales...

Vuelvo a tener el pelo húmedo después de regresar al gimnasio tras tres meses de ausencia. A esta hora y en este lugar mi piel vuelve a oler a ducha [Moussel moussel de Legrain Paris o a La Toja. Espacio publicitario promocionado por Legrain y La Toja] y me siento físicamente cansada, a pesar de que he empezado con calma y sin forzar para mantener las ganas como nuevas. Aunque mi cuerpo grita que fuerce la marcha. No se trata de muscular [cosa que me resulta fácil] si no todo lo contrario. Tonificar, para que mi doctora no tenga razón en el diagnóstico que me regaló hace casi diez años pronosticándome una vejez muy difícil, con la genética y mi espalda escoliótica y artrósica [parezco vieja...] y que me dejó largos minutos incrustada de cintura para abajo en su cómoda silla de diseño a juego con la vanguardista consulta privada, con los TAC, radiografías y similares reposando en mi regazo. Rechacé seguir nadando [ya me lo he nadado todo, en todos los estilos -porque, ya se sabe, los médicos dicen hoy que es bueno lo que hace unos años te habían prohibido con determinación, como el crowl o el aceite de oliva- y hoy tengo el convencimiento de que el cloro que penetra por los poros durante las horas en las que te deslizas en el agua tratada va a pasar factura, como producto químico que es] y opté por tener mi primera vez con un gimnasio de pueblo, pequeño, sin presunciones y con sus limitaciones en espacio, instalaciones y maquinaria. Y sin embargo ha sido mi salvación en tantos sentidos, me ha dado grandes momentos que me habría perdido para siempre y me ha permitido compartir tiempo con gentes normales a las que aprecio de verdad. Vale. No a tod#s, necesariamente. A much#s sí...

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Enfrentamientos, exposiciones y ladrillos...

Me enfrenté. En efecto. ¿Quién dijo miedo?
Y todo ha cambiado. Se abrió una etapa nueva, con reglas distintas, a la que habrá que adaptarse.
Lo único cierto es el cambio.
Expuse. En efecto. Solo moderadamente satisfecha.
Estas perfeccionistas, quoi!
Necesito el gimnasio, retomar rutinas y sentir que aún me queda alguna. Que pertenezco, que hay objetivos.
Hoy se ha puesto a llover y la tristeza me ha empapado. No quiero otoños. Ya lo había anunciado y de nada ha servido.
Paso de puntillas, sin hacer ruido. Y no me importa más allá.
Sobre la mesa, mientras, un par de ladrillos que no me canso de esquivar, las manos por encima, tratando de teclear las letras que generan un post extraño, raro e inusual.
A esos no me quiero enfrentar hoy...

lunes, 17 de septiembre de 2012

Diagnóstico: insomnio...

Esta noche va a ser larga... 

Mañana tendré que enfrentarme a quien está desestabilizando al equipo, que me convierte en lo peor, me inquieta y me enseña, cada día. Quiero que me cuente mirándome a los ojos [eso que se evita hacer últimamente] todos los reproches que ha ido construyendo; aguantaré la entrada y el ataque, aunque me duela, aunque me cueste. Después, veremos cómo evoluciona y qué podemos hacer. 

Un must, naturalmente.

Mañana también me espera una exposición en una lengua que no es la mía, ante un auditorio nativo y aunque haya cumplido con la primera o única norma (prepararlo, prepararlo, ¡prepararlo!), hay cosas que escapan a todo control, como las preguntas del final, el no poder entrar en jardines de discusiones y de hipótesis y cábalas y de pérdidas de tiempo. 

Prescindible, evitable, accesorio, innecesario.

La semana contiene otras perlas. Pero son otras historias.

Seguro que visto desde fuera es relativizable. Seguro. Pero a mi me inquieta...

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Principio de curso y agotada...

Estar en la capital del Reyno a las 9h00 implica un madrugón considerable y arrastrar un cansancio hasta el fin de semana. Y escuchar conversaciones en el AVE, encontrar caras conocidas, dormir un poco, leer todo el trabajo que se me queda pendiente en el maletín, que te ofrezcan prensa y comida a cada tanto, a veces ver alguna película, mirar por la ventana, pensar, pensar, pensar... El regreso es también tardío, así que el aprovechamiento del día es incuestionable. Hay que cambiarse el gorro a cada reunión cuando se desempeñan diferentes roles y se dispone de poco tiempo, lo que requiere unos momentos de adaptación que suelen desconcertar y se sobrellevan con tanta dignidad de la que aún soy capaz. Si a eso le unimos una noche de insomnio y escaso descanso, el desánimo está asegurado. Tengo cena esta noche y aún valoro cancelarla o asistir y, en el primer plato, anunciar retirada. Pero el paseo hasta el lugar de la cita es tan agradable que igual me acerco hasta ahí, cancelo sobre la marcha y me regreso a casa. Estoy poco sociable, en estos últimos tiempos y no encuentro ni la manera ni la razón para cambiarlo...

martes, 11 de septiembre de 2012

Manías y otros gustos...

También en esta casa empieza el curso y me encanta ver lo distinto que está siendo todo. Ni batas ni uniformes ni libros forrados o etiquetas en la ropa. Independientes y autónomos, aquí están, con sus tristezas del primer día y las ganas contenidas de diferentes reencuentros, insuficientes para compensar el abatimiento del no dormir hasta tarde y vestir con lo justo, descalz#s y en absoluta libertad. No soy madre al uso, así que suelto tanta cuerda como es posible y hasta empujo para que se sepan capaces de casi cualquier cosa, ahora y en adelante.

La ciudad ha estado hoy de fiesta y la gente la ha tomado, entre banderas de colores, alegrías y canciones de estribillos pegajosos. Habrá que escuchar ahora las diferentes valoraciones que arrojan los medios, aunque también esto es predecible. Mi calle está bien protegida por decenas de zetas protegiendo el domicilio de un presidente joven, del barrio, desbordado de la escasez de medios, como tod#s, supongo.

Hoy ha sido festivo y hemos prolongado el sueño, alargado el despertar y disfrutado los espacios que ni siquiera vemos en nuestra cotidianeidad. Acabo de regar plantas y terraza descalza...

Si fuera posible, habría que detener aquí las estaciones, que no vengan los jerseys ni los pañuelos, que las montañas no se pinten de blanco y las manos no se hielen bajo unos guantes que nunca bastan. Necesito el sol y cielos azules... por favor, por favor, por favor...

Y mientras tanto la vida...

Creo que voy a tomarme vuestros comentarios como un aviso, una señal de alarma, como el hecho indiscutible e indubitado de que la gente mayor se vuelve rara. Os lo agradezco. Lo cierto es que no siempre estoy hundida ni se me escapan lágrimas ni llevo la mirada perdida o pienso en quitarme la vida. Eso me sucede un par de milisegundos al día. [Recuerdo que voy a negarlo tantas veces como sea necesario; con convencimiento y cierta autoridad]. Pero son los [milisegundos] que suelo escoger porque son los fáciles de desarrollar y de pasar por el teclado. Son el recurso simple, el que da pie a infinitos juegos de palabras. Entiendo que, además, pueda resultar disuasorio y [el coñazo que debe resultar leerme] pueda ahuyentar almas cándidas y generosas por aquello de mi falta de disponibilidad y la ansiada coherencia. Tomé nota, un día, de otro aviso [un poco despechado, cierto; pero aviso al fin y al cabo] que me pedía que me andara con cuidado porque podía doler sin siquiera darme cuenta. Así que así estoy, en modo ralentí, viéndome pasar, sabiendo que no conozco otros registros, ni he practicado la composición de otro tipo de relato breve, ni creo que supiera, lo que conduce a un callejón sin salida o al silencio, que vienen a ser sinónimos, sin ser metáfora...

miércoles, 5 de septiembre de 2012

He perdido el azimut...

No sé si sentirme al límite o dejarlo correr. A una se le acumulan los asuntos y se asoma el colapso por la puerta, entreabierta y siempre con las llaves colgando desde el interior, que no hay manera de rascarle al tiempo y al espacio un poco de intimidad...

Canta Serrat en El amor [que me regalaron un día de hará ya un año y es de las pocas canciones que llevo en el teléfono y escucho cuando suelo ir a correr o la soledad de verdad me grita directamente al pabellón auditivo, uno u otro, alternando] eso de "el orgullo de gustar". Estoy instalada en el transparente, por eso de que nadie me ve. Qué edad más interesante... Y en el traslúcido porque, de verme, me traspasan. Aunque el opaco sería más realista, mi imagen no tiene relieves ni matices ni nada. Ahora que podría evitarme, perfectamente, estar. En cualquier parte, sin problemas ni victimismos. La indiferencia más absoluta. Invisible como la vida misma...

Me encuentro con insultantes fotografías de parejas expresándose en público; me refiero a sentimientos. Me molestan. Sé que no debería, pero se me encoje el corazón y se me arruga como si llevara media vida sumergido en líquido [el corazón, decía], como le sucede a la piel tras un largo baño, esa desagradable sensación que padecemos l#s ectópic#s. Me cruzo con esas parejas por la calle y se me anuda la garganta, desde las rodillas, en sentido ascendente, para salir disparado por encima de mi cabeza a una considerable velocidad de crucero. Y de vértigo, por el mareo y la confusión combinados con la desubicación y el desconcierto.

Regreso, volvemos a empezar. Y no tengo fuerzas, ni ganas, ni interés. Ni nada...

martes, 4 de septiembre de 2012

Entre desolaciones y soledades...

Deja que te llore un poco, anda. Déjame llorarte todo: los silencios y las prisas, las tensiones y el sueño, lo que nunca seremos y hasta el aliento de llegar, debatirnos entre dudas y luchar contra lo evidente. Quiero llorarte lo que no te dije y que meses mi cabello en movimientos cortos, dulces, repasándome el perfil que esconde mi pelo. Dime que puedo acercarme y vaciarlo todo para que la pena deje de aprisionarme detrás del esternón, de la frente, del ombligo; todos los detrases escondidos e invisibles que me impiden respirar y me empujan las lágrimas que no pienso llorar si no es contigo. Por favor, te pido un momento de tu rutina retomada, ahora que te has reincorporado a una nueva etapa y te estarás viendo mayor, como yo, aunque tengas, igualmente, ilusiones escondidas; menos que yo, eres más evidente y pública y no inventas nada; o casi nada, quizá quede alguien por ahí a quien mantener a medias. Te ruego sin reparos [porque no soy del tipo orgullosa] que me dediques el rato que nunca me devolviste, a pesar de las promesas y de mis lágrimas y mi desolación. Vacías, palabras remotas, después tal vez, nunca seguramente... Regálame tu hombro, breve, moreno y suave; un rato solo. Deja que me instale de nuevo y volver a sentirme en lugar seguro, a salvo. Paséate de nuevo por mis labios, deslizándote despacio por todos mis milímetros y abrázame en silencio. Deja que te llore un poco, ahora que, como cada septiembre al volver, me siento la única persona en el universo, como deben sentirse las sondas que exploran un nuevo planeta o los satélites... Todo vacío...

lunes, 3 de septiembre de 2012

Espero que no sea para siempre...

Trabajar al límite tiene partes. He descubierto la mala de alguien y, como soy una chica estupendamente bien educada para la más pura y estricta culpabilidad, no consigo sacarme de encima ni al protagonista, ni las frases dichas en el momento de autos ni la inquietud. Semanas trabajando al límite sin desfallecer hasta que llegó el deadline y sucumbí. Mi cabeza estalló setecientas veces y mi sueño desapareció a pesar del agotamiento físico terrible de la falta de noches completas, la ausencia de ejercicio físico desde hace no sé bien cuándo y una mala alimentación rara. Hace demasiado que vivo tensionada. Me debato entre sentirme culpable o creer que fue una provocación. ¿Es imprescindible recordar quién manda? ¿tengo que hacerlo? ¿no es posible evitar recordar que somos un equipo y que hay que reportar, justo para que la izquierda sepa lo que ha hecho la derecha [me refiero a las manos, no a la política. Muy British, por cierto, lo de las manos]? ¿hay que bajar a ese nivel de detalle cuando hablamos de adultos universitarios con un CI superior, bastante superior, al de la media nacional? Estoy furiosa. Completamente. Irremediablemente. Confieso que mi intransigencia y yo estamos preocupadas...

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Si. Claro. Cómo si fuera tan fácil hacer una definición completa y, además, ecuánime de una misma a estas alturas de la vida... Creo que, por lo menos, necesitaría un fin de semana. ¿Hace? ¿Si? :)

Por si se pierde algo...

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