Con la rutina va resultando más difícil mantener el ritmo de hacer ejercicio como estas semanas atrás.
También es mucho más difícil no comer por impulso y ansiedad, por hacer algo.
El desorden lo doy por hecho. En casa, en los armarios, en el espacio que habito, en mi mente.
No hablo de caos. Hablo de desorden.
Tampoco hablo de TOC. Voy haciendo, cada día un poco. Solo queda una caja llena de ropa de invierno por ubicar. Además de varios armarios llenos de ropa de esa temporada y que hace siglos que no me pongo.
Habrá que tomar decisiones. No me da miedo. Ni respeto. Ni grima.
Me aburre, me da pereza, no me interesa. Y sin embargo necesito tenerlo bajo control.
Por ejemplo, el mueble del recibidor.
He encontrado uno que me gusta (cosa nada fácil).
Y pienso: pero si te vas varias semanas, ¿Qué te importa a ti tener el mueble o no tenerlo?
Pues mira, sí. Tenerlo me daría tranquilidad. Como tener montada la super televisión que alguien me ha hecho comprar para ver una serie de vez en cuando...
Y una vez esté todo organizado, ya me largo a las antípodas a otro continente y otra estación del año con la cabeza bien alta, los miedos disparados y que sea lo que tenga que ser. ¿Quién dijo miedo?
Un sinvivir, oyes...
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