Hace poco leí que los empresarios piensan.
Por eso juegan a golf, por ejemplo. Porque una puede pensar dónde le da la gana.
El tema es que no trabajan doce horas. Ni ocho. Igual ni pasan por la oficina. Su trabajo es pensar.
No soy empresaria, estrictamente. Aunque tengo cosas que rinden y empleo a un par o tres de personas, según el momento del año.
Mi genética es imposible de vencer y de pequeña ya quería trabajar en las empresas de mi familia.
Cerraron todas y mi cara de enfado no se me ha cambiado en estas décadas.
Me parecerá siempre injusto no haber tenido la oportunidad de trabajar ahí y cambiar con mi aportación el devenir de la historia familiar.
No soy empresaria si no empleada de un tercero. De eso vivo. Lo otro me permite vivir mejor. Y, sin embargo, en estos momentos de la vida, pienso.
Tanto a nivel profesional, por lo que me pagan, como a nivel personal, porque tener tiempo libre a mi no me sienta muy bien. Y necesito ocupaciones.
Tiendo a regresar al pasado y a torturarme por lo que pudo ser y no fue.
O proyectarme al futuro y angustiarme con lo que tiene que venir.
Y, como me dijo una vez mi descendiente femenina, con eso me garantizo nostalgia y angustia, a partes iguales. Además de diferentes miedos: a sufrir, a enfermar, a la soledad, a morir...
Con lo cual, toca centrarse en el presente, en el aquí y ahora.
Y a mi eso no me llena ni me divierte ni me motiva.
Por tanto, estoy bastante plof y asténica, con mucho sueño y me cuesta levantarme de la cama por la mañana; estoy esperando a ver qué sucede en mi vida, pensando en las vacaciones y en quién va a acompañarme de ahora en adelante...
Mientras tanto, juego a pádel, aún no he empezado ninguna rutina en casa, estoy decorando un espacio nuevo en la montaña y tengo planes para restaurar muebles, decapar, pintar, recuperar y también tirar lo que no quiero. De hecho, me largo en un rato y no veo cómo avanzar el tiempo...
Las mierdas hay que suprimirlas de nuestra vida, ¿verdad? Aunque cueste...