El pagafantismo va mucho más allá.
Es aplicable al amor y a la etapa de cortejo, sí.
Pero también se despliega en la amistad. Y define una manera de vivir.
Mientras escribo, traigo un caso muy concreto.
Alguien que vive lejos, en un lugar sin mar, en el centro de la península. Mantiene una relación a distancia. Cuida de una madre. Escribe.
Si me leyera, se reconocería en esa descripción. Pero no lo hace, desde hace algún tiempo.
Traigo ese caso, que para mí tiene cierta importancia.
Los contactos eran frecuentes, por medios electrónicos y alguna vez telefónicos. Me sentía bien sabiendo que éramos capaces de ver pasar el tiempo, la primera década, ciertos aniversarios. Compartiendo, extrañamente, muchos momentos.
Pero llega el día en el que te das cuenta de que si no llamas tú, no hay llamadas.
Si no emites tú el WhatsApp, no existen conversación.
Si revisas rápido las últimas conexiones, siempre las has iniciado tú.
Antiguamente, intercambiábamos correspondencia. Cuando podíamos. Cuando queríamos.
Hoy ya no.
Nada de todo eso.
Y he decidido que, dónde no hay interés, no me detengo.
Parafraseando al autor de "Dónde no puedas amar, no te entretengas". O algo así.
La amistad es recíproca, señoras.
Como tiene que serlo el interés, la preocupación, el seguimiento, el cuidado, la compañía.
Entiendo que en su relación encuentre estabilidad y necesite el poco tiempo libre del que dispone para construir con su pareja.
Faltaría más.
Pero no lo comparto.
Siempre procuro no abandonar mi red cuando empiezo algo que me absorbe. A veces lo habré hecho mal, estoy segura.
Pero no duró mucho, porque me suelo dar cuenta rápido de que, en esa fase rosa del enamoramiento básico, la he dejado tirada sin agua en el desierto.
Y regreso.
A no ser que me haya dejado de interesar (queda feo escrito así, pero no es interés...) tirar sola del carro, como en el caso que nos ocupa.
Los puntos y finales son amargos. Pero también liberadores.
Igual en algún momento me felicita la Navidad o el cumpleaños. Veremos cómo me pilla...