Me he dado cuenta de que vivo como una prejubilada. Y eso me desconcierta.
Mi trabajo diario está gestionado en una, máximo dos, hora. Y no hace falta que sea presencial.
Pero yo comparezco, cada mañana, para cumplir, que por eso me compré una residencia aquí al lado.
Es temporal, no te vayas a pensar. No es la casa de mis sueños ni nada por el estilo.
Es funcional, mona y cómoda. Lo estrené todo, como a mí me gusta.
Destinada a ser vendida en cuanto pueda cambiar de vida. Y ya estaría.
Podría despachar mis gestiones desde la cama. Y de hecho suelo hacerlo en parte, cada día, al despertar.
Pero la parte más grande de mi responsabilidad ahora es pensar.
Sí.
Informarme, leer, estar al día del sector y la actualidad económica y política. Ser capaz de sacar conclusiones y anticiparme a tendencias que pueden ser peligrosas para la empresa, darme cuenta de nuestras debilidades y proponer medidas.
Otra parte importante es servir de sparring al propietario. Que pueda quejarse, que vuelque su frustración, preocupaciones y sus miedos.
Todos tenemos.
Los suyos tienen muchos más ceros que los míos.
Y el tercio restante de mis responsabilidades es comer con él y con otros, aquí o allí. Tomar aviones y trenes, presentarle gente y que él me la presente a mí. Asistir a reuniones, aportar, poner asuntos nuevos sobre la mesa, mover al sector, debatir, abrir los ojos.
No está nada mal, la verdad. Me gusta.
Lo de viajar lejos ya no me atrae nada, pero si hay que hacerlo pues se hace.
Aunque me aburro.
Necesito retos. Muchos. Novedades y cambios...