Lo que no cambia es el cambio, ¿verdad?
Excepto en mi vida personal... en la que la zozobra es permanente.
Cierro. Y se vuelve a abrir la puerta. Como si hubiera corriente, como esas bisagras que cierran mal.
Entreabro pensando que hay alguna opción y patapám. Hostia en toda la cara. No hay ninguna.
Me doy la vuelta para empezar a caminar sola, con la pena enorme del mundo sobre mis hombros, y me persigue.
La gracia sería sentir que no tienes el control de nada ni por casualidad. Las dos, además. Porque ella, me consta, siente lo mismo: que nunca ha tenido el control.
Es una historia que parece infinita. Idas y vueltas. Venidas e idas.
Veo difícil ser capaz de romper el vínculo alguna vez en mi vida. Digamos que lo hemos intentado 200 veces por lo menos. Desesperante.
Y eso que los Géminis somos de miedo. Vamos fundiendo la relación hasta que nos despegamos, seguimos pero sin ningún interés y un buen día ya no estamos más que de cuerpo presente. Sencillamente nos largamos.
Sin mirar atrás.
Menos en este caso.
Aquí me resulta imposible. Es como mi debilidad. No puedo desaparecer sin más, ni largarme con o sin explicaciones.
Soy implacable, lo confieso. Menos con ella.
Por cierto, ha reaparecido la ex de una ex. Pidiendo un café. Cosas sorprendentes que pasan...
Además, ni avanzamos ni retrocedemos. A ratos sí. Pero visto en abstracto, no. Ni un centímetro...
Y lo peor de todo es que no tengo idea de como solucionar esto...