Me consta que hay quien a veces mira las vías del metro y siente que pronuncian su nombre.
Las rachas de mala suerte, que el orden mundial se haya reorganizado desde 2020 y que, como pronosticaron los astrólogos, sobreviviría lo que tuviera que continuar y todo lo demás caería. Somos esa consecuencia.
En mi caso, después de la experiencia espantosa y del "vamosamorirtodos", cerré un negocio en el centro de la ciudad que era de la compañía y que funcionaba mal.
Dejé una súper oficina al lado de mi casa, que se quedó sin alma. Y como la interiorista y yo la habíamos ideado y diseñado para recibir gente y mantener reuniones, tardé dos minutos en sentir que la pandemia se cargaría eso y resolví el arrendamiento.
Acerté.
Pero qué pena.
Y después de poner punto y final a una relación divertida de varios años, lo que faltaba, me reinicié. en una nueva casa y con mis descendientes entrando y saliendo por el mundo, preparándonos para la vaciada del nido.
Si hago balance, desde aquel punto pasaron varias relaciones más, hasta ahora. Todas igual de malas. Unas muy breves de menos de un año y otras de casi cuatro.
El mantra, supongo, era "nopuedesquedartesolabajoningúnconcepto". Y me tiraba en brazos (malpensadas) de la primera que reunía por lo menos uno de los requisitos básicos de mi lista.
Hoy sé que esto no basta. Pero sé, mejor que nunca, las hostias que da la soledad. Ese no querer hablar con (casi) nadie. El no marcar ningún número de teléfono, ni subirme al coche para ir a su encuentro.
Escucho a gurús. Leo cosas que hacer reflexionar. Hablo con las personas próximas.
Creo saber lo que se necesita, cómo tienes que prepararte, lo que debes pensar, decretar, etc. y etc.
Pero esto se está alargando demasiado, en serio.
Y sé que el tiempo que pasa, cada día, juega en contra mía.
Todo eso que dejo de vivir.
Tanta felicidad que no llega.
La sensación de libertad y el viento en la cara que no sé recuperar.
Se me agota la paciencia y no sé dónde ir a buscarla...