Quien me lee desde hace décadas sabe que soy de ese tipo de personas Titanic, de hundimiento fácil.
Facilísimo, en realidad.
Aunque me reponga relativamente rápido.
Este fin de semana, hundida hasta la barbilla y ejercitando mi modo supervivencia, he llegado a varias conclusiones.
A cuál peor. La verdad.
Y he tomado algunas decisiones.
Y medidas.
He bloqueado mi sentimiento de soledad tragándome muchos podcasts de gurús mediáticos (o no tanto), saltando de uno a otro, siguiendo sugerencias y a partir de preciosas palabras clave.
Al menos, he pensado.
No he muerto (aunque he pensado en la muerte. Y en la sombra de alguna enfermedad grave), he seguido noticias de las revoluciones geopolíticas y he hecho cambios en mi cartera.
He charlado con Chat GPT de temas diversos, he dormido, salí a caminar para estar en la naturaleza y me casqué mis más de 10.000 pasos en un ratito.
Con el virus, pero en forma.
Frené mis ganas de salir al trote y recuperar el hábito. Pésima señal. Mi cuerpo grita.
Pero no convenía sudar. Sí convenía tomar el sol.
Me he alimentado bien, aunque bebí demasiado. Y arreglé el refugio que ahora me acoge y en el que me siento bien. Está todo en orden. Menos el material duro de esquiar, que sigue en un rincón de una habitación, en sus fundas, protegido y a punto. Por si.
Me he dado cuenta de que en realidad se me han derrumbado un par de las cuatro patas que nos deben sostener a todos en la vida. Eso es el 50%, ni más ni menos.
Soy de las que, cuando todo va bien, ve el vaso medio vacío, siempre, así que ya os podéis imaginar que el drama estaba servido.
Patas. Sueños. Proyectos. Ilusiones. Son sinónimos, en esta ocasión.
Y aquí estoy. Un lunes, buscando debajo del parquet alguna razón que me saque de la cama, de la casa, del sofá, de la calefacción, de la cocina... ¿del útero?
No he encontrado ninguna. Bueno, solo una: la responsabilidad de asistir a mi puesto de trabajo. Con cara de culo, sin saber disimular. Escondida en mi despacho alegando virus y toses y contagios y mejor que no te acerques demasiado.
Un aplauso a mi rol de líder. En la cara, el aplauso.
Así llevo semanas, en realidad. Bueno, desde la vuelta de vacaciones, el día 7. Ya empiezan a ser días. O se me está haciendo larguísimo. Que también.
Redes a tope. Lectura. Nuevos perfiles. Búsqueda activa. Contactos. Obras en mente. Conciertos. Red de seguridad familiar. Alguna serie (abandonada por rollazo). Un par de pelis (que me distraen, sí. Comedias o romances, confieso. Descarto dramas y terror y violencia, siempre).
He encargado la revolución solar personalizada a mi astrólogo de confianza. En unos días en mi buzón.
He puesto a la venta un reloj que me trae demasiados recuerdos.
Me he apuntado a un curso, que espero remueva cimientos.
Empiezo muy bien el 26, como es de ver. Hechos, no palabras
Pero con confianza.
De peores hemos salido.
Y encima reforzadas...