Por entretenerme soñando, he andado (entre tristezas y) planeando mi casa perfecta.
Me olvidé la chimenea interior y también el pebetero exterior para encender leña. Creo que poco más añadiría a mi boceto render IA sobre el que rediseño mi sueño.
Todo bien.
Encajando las fichas de ventas para hacer compras, haciendo números de la presión fiscal y los sablazos a los que me enfrentaré sacando y poniendo. Cabreada, hoy que toca el segundo pago del IRPF.
Pensando que la situación en este despacho está siendo crítica y valorando la quijotada habitual de dar un paso al frente y sacrificarme para que otros mantengan su puesto de trabajo.
Yo ya estoy acabada.
Sin dramas.
Y va y ayer me invita a comer el tío y me propone lo que yo había descartado por dos razones: no se atreverá a pedírmelo y soy incómoda en ese nuevo sillón, asimilada a familiar/accionista.
Pues le echó valor y reconoció que quería retenerme, así que sí. Responsabilidades y cargo añadidos a lo actual, además de más ingresos. Sin pedirlo.
Se entiende que más responsabilidad, claro.
Pero eso no me preocupa, en principio. Sé protegerme. Sé descargarme. Sé dejar pruebas documentales.
También sé que hay buena fe.
Pero pedí un tope. Después de la consabida negociación para recortarlo (yo) y alargarlo (él) se cerró en poco más de dos años, con ajuste al año natural.
Creo que dará tiempo a todo. A vender con calma. A comprar con histerismo (ya lo sé, que soy una puñetera impaciente). A encargar un diseño al proveedor elegido y seguir los avances.
Podría encajar perfectamente.
A mí me puede pasar algo. Y a él también.
Habrá que escribir las cositas por si sobrevienen los herederos...