En junio pasado compré un piso muy cerca del trabajo. Tan cerca que, si salgo a la terraza cara sur y miro a la derecha, veo la iglesia del pueblo dónde está mi lugar de trabajo.
Aunque todos sepamos que no se necesita mesa ni nada, porque el teléfono sirve igual. Aunque a mi el abuso y el peso del aparato me destrozan las manos.
Estoy perdiendo fuerza, aunque tome mucha proteína. En las manos y en todas partes. Parece que algunas pastillas que tomo perjudican bastante...
Hablaba del piso, ¿verdad?
Con esfuerzo creo que me voy haciendo al nuevo espacio. De hecho es muy cómodo y estoy haciendo el cambio de verlo como un castigo porque estoy ahí sola, a sentir que es un poco mi lugar seguro. De hecho, por la tarde noche, cuando me desconecto, pongo el teléfono en modo avión y una peli en Filmin. Es como ir al cine Verdi de Barcelona. Las pelis que puedes elegir son obras de culto...
Ayer hablé con mi psicóloga y le pedí consejo. Uno muy concreto, porque me siento verdaderamente mal.
La pobre, que sabe lo mismo de la vida que cualquier otra (no iba de temas mentales, si no conductuales y en eso no es autoridad), me asesoró bastante bien.
Por un lado, me calmó. Por otro, me hizo ver que tengo que pensar más en mi (¡sorpresa!) y que la responsabilidad de lo sucedido no era solo mía. Que a veces tenemos que desconectarnos y bajarnos del mundo.
Confieso que en algún nanosegundo he sentido que venía la ansiedad de nuevo, estos días. Pero he respirado, poniéndome una mano en el pecho y cerrando los ojos, o pillando una almohada y abrazándolo.
Para quien no lo sepa, eso calma...
Yo debo tener el cortisol como la tuna...
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