Hoy empiezo el post al revés de como suelo: por el título.
Ayer memoricé el tema del que necesito hablar, porque conducía y no podía dejarlo anotado dónde debe estar y no dónde le da la gana a Siri.
Hablo de relaciones kármicas.
Esas que no puedes entender, pero en las que la atracción, la conexión y el contacto son excepcionales.
Son difíciles de definir, de contar, de explicar bien. Porque son de las que se sienten en la piel.
Todo lo demás va mal. Tú tienes clara tu dirección en la vida, pero ella no. Se enreda, se anuda, se confunde y se complica mucho.
Acabas despedazada, sin equilibrio emocional, entrando en pánico, con ataques de angustia, a veces en tratamiento. Eso, durante. Porque cuando termina (es obvio que eso tan tóxico, enfermizo, desagradable y difícil no lleva a ninguna parte) todavía duele más.
A la frustración se le une algún sentimiento de culpa, el famoso miedo a la soledad, la pereza de reconstruir un futuro inmediato y de hacer el duelo, el reajuste de las emociones, los vacíos.
Yo he tenido cuatro amores kármicos a lo largo de mi vida activa. Mínimo tres. Y los recuerdo todos con un regusto amargo del tipo tónica o bitter kas (los odio, a ambos), aunque a veces se hace hueco algún recuerdo dulce, el ¿y si hubiera salido bien?, tuve que luchar más, soy responsable de esas mierdas, ¿cómo debe estar?, no he estado a la altura...
Y así muchas más cosas...
Son historias eternas, que nunca olvidas, en realidad.
Dulces o amargas.
Pero esa piel, esas caricias y esas miradas líquidas son imborrables...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
No serás de l#s que creen que intimido y por eso no comentan nunca, ¿verdad? :) ¡¡Venga!! ¡¡Anímate!!