Hace algún tiempo (por no decir algunas relaciones) que he cambiado mis patrones de conducta.
Ahora ya no alargo agonías y tomo decisiones tan pronto como puedo.
He observado que se aplica un plazo mágico y sorprendente que no tengo idea de por qué sigo: diez meses.
Diez meses a contar a partir del encuentro, de algunas de las primeras veces.
También tengo banderas rojas y verdes y alguna amarilla.
Y aplico el ochenta veinte.
Así que resulta que el diagnóstico se acaba como produciendo solo y llega la decisión irreversible, que suele pillar desprevenida a la otra parte: contacto cero.
Yo, que era tan celosadependienteposesivaterritorialymonstruosa. ¿Yo? ¿Capaz?
Me reformo, aplico nuevos hábitos, procuro hacer deporte y quemar la pena hasta que suelen quedar recuerdos bonitos y poco o ningún rastro de lo que fuimos.
La edad cambia el planteamiento, seguramente.
Una tiene como más prisa por establecerse con alguien y en algún lugar definitivo y construir, compartiendo.
El patio está mal y hay quien llega a insultar con la palabra "veneno" a una congénere para quedarse tan ancha.
A mi es que cuando se me acaba el respeto por la otra... ugf, qué difícil resulta seguir... Cuando ya no puedes construir capas de cosas bonitas porque miras por el rabillo del ojo sabiendo que ya no te fías, pues solo vas tirando hacia abajo o a los lados... pero ni adelante ni al frente.
Hace ya algunos años que me apetecía convivir, de nuevo, después de un largo paréntesis de tres décadas o más, en el que ni muerta.
De hecho he estado conviviendo y en algunas etapas lo hice hasta encantada.
Era mi proyecto, otra vez. Ese alguien a quien le gustara el rincón de la montaña y quisiera vivir la mayor parte del año cerca, muy cerca, del mar.
Entro en boxes.
Necesito una revisión a fondo...
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