Por experiencia propia sé que los inicios son preciosos, estimulantes y de gran felicidad. Apenas somos conscientes, de todo ello.
De los finales hay que hablar desde otro enfoque, porque normalmente se ven venir, se cruzan como si de un desierto se tratara y se dilatan hasta que un detalle nimio hace que todo salte por los aires.
En la fase final, después del big bang personal, nadie te quita unas semanas de supervivencia pura: el único objetivo es respirar, dar el siguiente paso, para de llorar y de sentirte muy desgraciada y dormir lo máximo posible.
Hay un momento que, por lo menos en mi caso, se repite: me ahogo con la ausencia. Me falta todo: pareja, persona, voz, tono, presencia, persona, compartir, el proyecto común...
Solo existe un antídoto, en ese momento crítico: ella. Su regreso (aunque sea momentáneo), saber que no estoy vetada ni cuestionada ni castigada. Tener claro que un hilo fino nos une todavía.
Es algo psicológico, inexplicable, irracional.
Si no lo tengo, muero de la pena. Me ahogo.
Si lo tengo (y así no generalizo y hablo de lo que domino a la perfección), todo regresa a su sitio, vuelve el sentido, formo parte de nuevo, respiro, existo, aunque sea solo un par de horas, como anoche...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
No serás de l#s que creen que intimido y por eso no comentan nunca, ¿verdad? :) ¡¡Venga!! ¡¡Anímate!!