Una no deja de sorprenderse, casi nunca.
Lo digo tomando mi café doble sentada en la mesa del despacho desde la que trabajo presencialmente. Con menor intensidad de la que me gustaría. Y más desgana.
Es aquello de que cuanto menos haces menos ganas tienes de hacer nada...
Estoy en época de cueva. Con pocas ganas y mucho sofá.
Ayer, por ejemplo, quería retomar el trote y salir por las viñas que quedan delante de casa. Me dije que después de comer, que solo una breve siesta, que la necesitaba porque había dormido mal, que luego salía...
Fueron treinta minutos de sueño, máximo. Abrigada con mantas gustosas en el sofá. Suficientes para ser incapaz de vestirme de deporte y salir, después.
Aunque no hacía (tanto) frío.
Aunque no llovía.
Aunque hiciera un sol azul.
Encontré diferentes excusas: recomponer el suelo del gimnasio, que se mojó con la lluvia y había puesto las losas de caucho a secar en la terraza. Poner una lavadora de ropa oscura y, mientras, recoger la ropa que tenía tendida. Leer el libro que compré hace unos quince días a un autor desconocido que solo vende por internet. Incapaz de leer algo más que un largo capítulo sin enterarme de lo que decía. Ordenar una cocina ordenada. Entrar en redes y pasarme demasiado tiempo ahí. Reprobable.
Me acosté tempranísimo después de empezar una serie terrible y solo pensaba en dormir. Apagué la luz sobre las 22h30. Y me dormí. Del tirón hasta una parada técnica y a seguir hasta que ha sonado el despertador.
Hay previsión de vientos huracanados y alerta comarcal. Aquí no ha llegado aún, pero sé que en la playa más cercana ya están padeciendo. Porque me lo han dicho.
Tengo una amiga que se preocupa por mi. Me ha convocado hoy a una actividad cultural. Y a cenar algo por ahí. Me recuerda que no me meta mucho en la cueva, que necesito vitaminas (de amigas, risas y sol). Es un precioso consejo, aunque sea tan difícil esto de estar acompañada por estos lares.
Hoy tengo fisio y sesión con mi psicóloga. Anillo al dedo, ambas cosas.
Sigo furiosa, pero no sé qué le voy a contar. Estoy cansada, aburrida, decepcionada y ofendida. Quiero cerrar esa etapa y que entre aire fresco.
Han pasado diez meses. Me remito a mi post de ayer...
¿Depende de mi lo que ha sucedido? no.
Lo tengo que dejar pasar.
Y centrarme en lo que sí depende de mí.
Procuraré mejorar mi puntería, regresar a mi rincón de la montaña, hacer ejercicio, mejorar mi padel, acabar el curso de filosofía estoica (y recordar cada día sus principios), leer en papel, alejarme de la pantalla, ver gente...
Ese sería mi plan de acción refrescado. Me apetece el buen tiempo, más que nunca.
Viene época de mucho trabajo, la verdad. Profesionalmente hablando, quiero decir.
Del otro, también...
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