Tres días en la montaña.
La cosa empezó bien, con una puesta de sol de las que cortan la respiración y hablas bajito para que nada se tuerza...
Pero empeoró un poco cada día, con lluvia inicialmente fina y al final para empaparnos y reírnos mucho con la broma: "voy un momento a tirar la basura y nos vamos. No, que llueve. No pasa nada, que esto es impermeable...". Y comenzó la lluvia fuerte en ese preciso momento.
Pudimos hacer turismo en uno de los pueblos más bonitos de España. Comprar algún recuerdo (mono) y beber un café (muy malo). Y pasear.
Al volver a casa, el invierno. Fueron saliendo los polares, las mantas para el sofá y, al final, encendimos el fuego...
Comer bien, en buena compañía. Charlar en las sobremesas. Beber buenos vinos (faltaría más). Descasar, dormir.
Nos faltaron los paseos por el monte (solo pudimos hacer uno, snif) y dedicarnos al jardín salvaje. Por razones evidentes fue imposible. No porque no nos apeteciera...
Va siendo hora de mirar destinos y combinaciones para el verano...