Cada día me detengo a envidiar a alguna pareja. A veces la conozco y otras veces no. Forman parte de mi vida porque, sin verlas, me llega información en el entorno laboral, generalmente transmitida por la mitad femenina. Por lo menos yo sé que la felicidad no es ni completa ni eterna pero a veces callo y sigo envidiando. Está enamorada de la idea del amor, como casi todas y se deja llevar y es eso seguramente lo que envidio porque, cuando he tenido la ocasión de conocerles a ellos, la impresión ha sido fuerte, como de deporte de aventura, la misma adrenalina. He hablado alguna otra vez de esas otras parejas de desconocidos que vemos por la calle. Ni las de jóvenes ni las de los de mediana edad me interesan. Solo me atraen esas gentes mayores que esperan el autobús tomados de la mano, esos de cuarta edad que apoyan una mano en un bastón y la otra la pasan por el brazo de quien les acompaña, porque la gracia está ahi: se acompañan y han llegado a ser compañeros.
He leído en el post de hoy de silbante que hay quien se reconoce infiel, como yo misma, tantas veces [me reconozco; no que haya practicado. Bueno, no han sido tantas, las veces. Solo algunas...] y por eso me sorprende tanto ver que un par de personas pueden llegar tan lejos en el tiempo. Es que no creo en el amor eterno.
Esta idea también me recuerda un pensamiento: mis mayores, mis ascendientes fueron educados en la estricta creencia de que se enamorarían una vez y eso sería para siempre [salvo excepciones, accidentes o decesos imprevistos e inesperados, claro]. Nosotros, en cambio, vemos las relaciones como una commodity y, si aparece una pareja mejor, me cambio. Lo veo, lo quiero, lo tengo. Lo cual tiene, como mínimo, un par de lecturas: la buena [vivimos múltiples enamoramientos y ya sabemos que las reacciones químicas que vivimos son exquisitas] y la mala [no hay compromiso ni confianza ni nada parecido, ni en la relación de pareja ni en el o la partner].
Ahora lo que toca es releer el título del post y ponerse a pensar un poco...