"Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana".
Graham Greene
Aquí se viene a jugar con las palabras. A vaciar nostalgias. A comprender miradas y silencios. A compartir sin disfraces. Con seudónimo pero el alma verdadera...
"Escribir es una forma de terapia. A veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, los que no componen música o pintan, para escapar de la locura, de la melancolía, del terror pánico inherente a la condición humana".
Graham Greene
Recupero una y otra vez la misma sensación, quiero anotarla aquí y se me olvida el mismo número de veces.
Me refiero a la de sentirse fuerte, invencible y eterna. Poder con todo, querer más, ir a buscarlo. No acabarlo.
La sensación es igual de profunda e intensa, a la inversa.
Qué minúscula me siento cuando me encuentro mal y enfermo. Y dependo y necesito.
Y me siento pequeña en todos los sentidos…
P.S.: un post muy flojo. Lo sé. Pero, mira, tenía que venir a dejar constancia de los miedos, también.
Las vidas que llevamos vividas, ¿verdad? ¡cuántas!
Y todos los y todas las protagonistas de cada una.
Soy de las que mira atrás con relativa frecuencia.
Siempre me han llamado nostálgica. Así que es cierto: lo hago.
Miro atrás, decía, y voy viendo bloques de años, de momentos, vidas, personas y, por tanto, vacíos y ausencias.
Claramente delimitados en lo que es normal: infancia, adolescencia, COU, la facultad, elegir sofá, problemas para un embarazo y el etcétera que me trae hasta aquí.
En una nueva vida en la que recordar mi maternidad o la época de crianza es un esfuerzo titánico. Aunque parezca mentira.
De pronto ser madre es escuchar la voz de tu hijo por teléfono cuando está angustiado. Cuando está feliz es improbable. O la de tu hija, por el mismo medio, cuando tiene crisis sobre quién es o quiere ser, que todavía no lo tenemos demasiado claro...
Juventud.
Cuando cambias de lugar de residencia a mi edad, de funciones laborales (parecía imposible, ¿verdad? pues no!), de entorno, pues te desorientas bastante.
En la vida misma, quiero decir.
Y en eso pienso a menudo. Y aquí lo dejo escrito, que luego me regañan porque tengo este lugar muy abandonado.
Y eso no puede ser...
Hace unos días que me van comentando cosas que tienen un común denominador.
El del título.
Parece que últimamente la prima mayor no ejerce como tal, ni el hijo hace de hijo. Tampoco la hermana. Y así con todos los roles imaginables. Incluído el de pareja. Y el de amigo.
No sé si es que no queremos hacernos responsables de lo que nos correspondería hacer. De lo que nos ha tocado. O que no nos quedan fuerzas para mirar alrededor y darnos cuenta de que hay que hacerlo. Hacer lo que sea.
Una llamada. Un recordatorio. Pero, especialmente, dedicar tiempo.
Creo que es eso. Que con eso (tan grande) bastaría para sentirnos mejor, cumplir y que no haya este déficit de atención.
Pero eso cómo se hace cuando vamos dando bocanadas con la boca abierta, deprisa a todas partes, sin fuerza ni tiempo ni ganas. Uno no puede con su alma y tiene que ocuparse de los demás.
Siempre ha sido así. Lo que pasa es que nos hemos quedado sin fuerza, débiles, sin defensas. Y vamos cayendo enfermos. O no nos recuperamos. Y tenemos lo justo para nosotros, pero nada nos sobra para todo lo demás.
Esto nos caracterizaba antes. Sabíamos qué teniamos que hacer si éramos hermana mayor, o menor . Y todo lo demás.
También es posible que lo que suceda es que hay un cierto sentimiento de abandono, de orfandad, de falta de abrigo. Como si nos faltara rumbo, hoja de ruta, plan de acción.
Nos ponemos bufandas sobre un cuerpo desnudo.
Y ahí fuera hace frío (es una metáfora, porque aquí hace un calor de 20 grados aunque estemos en febrero ya).
Y a mi todo esto me ha llamado poderosamente la atención. Y aquí lo dejo.
Junto a la circustancia de estar desarrollando una fobia simple. Que luego se me olvida...
El otro día ví una peli.
Hasta aquí nada raro ni sorprendente.
El prota se mudaba de ciudad en Australia. Dejaba en un paraíso a su mujer y a su hijo estupendo.
Intentaba convencerla a ella de que lo dejara todo, negocio propio y próspero incluído, para acompañarle a él a desarrollar una carrera mediocre, ya mayorcito, en la enorme ciudad.
Como ultimatum, le dice a ella cuando le comunica que no, que ni hablar, que no deja esa naravilla de casa, de pueblo, de comunidad, de playa, por él:
- Es que yo necesito una casa. Y una mujer…
Yo ya tengo las dos cosas. Pero es cierto que es lo que ahora quiero tener y antes nunca quise.
Qué cosas…
a veces encuentras correos en buzones antiguos, carpetas escondidas, así, como por azar?
Es un azar terrible, porque te lo planta frente a la cara, en la pantalla y una, que es débil, profucdamente débil con las tentaciones, cae de cuatro patas y lo abre.
Y, de pronto, una antigua declaración de amor, una disculpa, un perdón y un te quiero, tan viejos y superados, pero que te retrotraen en volandas a ese día, a ese lugar, a esas lágrimas, también de felicidad.
Simepre hablé de compartimentos estancos. Quienes me leían lo recordarán. Porque mira que me dabáis la chapa con eso. Y mira que a mi me funcionaba como máquina de precisión.
He ido reduciendo esos compartimentos, esos silos y ahora quedan un par, probablemente. Grandes y hermosos, pero he reducido el número sustancialmente. O se ha reducido solo, por el efecto de los fallecimientos, también.
Está siendo un momento de la vida extraño. Estoy baja de defensas y voy pillando todo lo que anda suelto en el aire. Pero este encierro surrealista en un hotel de una capital de provincia de nuestra casa está siendo de guión de cine. O de best seller.
En fin. Experiencias que añadir a la lista y suerte que el avión sale en unas horas...
Nunca mi futuro inmediato había sido tan frágil. Nunca antes me había descomprometido tanto con un proyecto. Nunca antes he sido tan mayor como hoy y me he enfrentado a un mercado tan en crisis para posiciones como la mía.
Sigo valorando, una y otra vez, si me lanzo al vacío y corto la red de seguridad. Y luego pienso que nah, que no puedo, que no me atrevo. Soy cobarde...
Aparte de eso y de muchas nostalgias, pues bien. En escritura atomática, un poco como siempre, por la terapia.
Hay momentos en los que las navidades, en plural, gustan y hacen ilusión. A media vida, por contarlo de alguna manera, dejan de tener ninguna gracia. Eso sucede justo después de la etapa consumismo salvaje. Que se pasa, aunque no te lo creas.
Y entonces llegan unos festivos todos juntos, que son más si eres catalana. Y es difícil saber qué hacer con ellos, si no es posible irse al culo del mundo por problemas de agenda o porque siempre es poco tiempo. Total, por doce días no me voy a Asia, que entre que vas y vuelves y el jetlag, muy mal… Si fuera por eso, no me hubiera movido de la silla. Vamos, que la pereza es enemiga de los grandes viajes y todo se llena de excusas…
Vale que Bali está muyyyy lejos. Pero Bali vale la pena. Por ejemplo. Que se me ocurren muchos lugares que valen la pena.
Que tengo ganas de marcharme. Y ya está…
Te diría que todo va bien.
Y mentiría.
Pero yo no suelo mentir. Más allá de la piedad habitual o imprescindible.
Puto caos desorganizado. Son como bolitas de colores moviéndose y chocando entre sí en un barreño de plástico.
Ahí se libra la batalla.
El barreño es mi mente y la banda sonora son tinnitus bilaterales. Insufribles.
Es difícil vivir en silencio, así. Pensar con claridad. O enfrentarse a la vida.
Vivir sigue sindo igual de complicado que antes, pero ahora más…
Porque de eso va la vida de las opacarofílicas como yo…
Y hasta aquí la lección magistral de hoy, señoras.
A dormir!
Me cuesta reconocerme en los espejos.
Hoy, paseando entre viñas antes de tumbarme en el sofá de mi nueva casa (provisional, como la Vida misma), se me disparó la cámara mientras intentaba capturar una pared de cerámica verde, brillante, modernista. Se puso en modo selfie cuando la recuperaba al vuelo a unos centímetros del suelo.
Y me ví, pillada a medio sonreir, por la recuperación salvaje del teléfono, en un movimiento rápido y preciso, evitando lo peor. Aún conservo reflejos, por lo visto y sucedido.
Y he ganado arrugas. En los ojos, en la mitad inferior de la cara. Algunas son de gesticular, otras de malos gestos mientras pienso, las hay de apoyar la cara en la almohada… El paso del tiempo es implacable, sin duda. Y todo se va descolgando y un día te ves en un espejo y piensas que quién es la tía que te está mirando fijamente.
Sin dramas. Es así.
En fin. Un surtido variado de arrugas y líneas de expresión, como las cajas de galletas que había siempre en la casa de la infancia. Por lo del surtido, quiero decir. A mi me gustaban las de nata que compraba mi madre y que, por cierto, he redescubierto y vuelto a comprar. Las tomo en pequeñas diócesis, aunque en esta época el peso no me quita ningún sueño.
Sí. La de la foto era yo. Aunque reconozca que no tengo nada que ver hoy con la que fui hace diez años, por ejemplo. Y aunque mi expresión de ahora esté sobrecargada de ansiedad y enfado, sé que hay serenidad y calma. Hay nostalgia y añoranza, pero con satisfacción y plenitud.
Me faltan personas. Me sobran objetivos cumplidos. Hay vacíos, pero también felicidad. No puedo saber qué me espera, pero voy por el camino adecuado. De eso no tengo dudas…
Hoy se me ha pasado bastante el cabreo de ayer. De hecho casi ni lo he recordado.
El hecho cierto es que soy idiota y la vida me lo recordó seguido hace veinticuatro horas… Dos veces. El mismo día. Primero una. Luego la otra.
Y cara de tonta que se me quedó, de eso me pasa por meterme dónde no se me ha perdido nada y, desde luego, nada encontraré. Más que malas palabras o palabras altivas.
Cara de quién me pediría que me preocupara barra interesara por este tipo, por esta tipa?
Porque, recordemos, fueron dos veces con dos personas distintas. Un él y una ella.
De hecho, ayer mismo lo archivé. Y os preguntaréis : Ja! Si lo hubiera archivado no lo estaria recordando aquí y ahora!
Pues no. He hecho esfuerzos para recordarlo y dejarlo escrito. Sí, Bea. La terapia que a ti no te funciona pero a mi sí. Escribir. Aquí.
El hecho es que, por el lado del caso masculino, la conclusión es que ya se cuidará él de su salud, que yo no pienso opinar si su vida, su estilo de vida y sus arterias son adecuadas. Viento. Y aire.
Por el lado femenino, contacto cero, que es lo que nunca debimos romper, que hay cosas imposibles de recomponer cuando se han roto. Cero. Nada. Que te vaya bien, bonita. O que te vaya bonito, nena. Espacio. Millas. Tiempo. Adios.
Y el mantra: en adelante, mona, no te metas dónde no te llaman (y no te importa lo que pase, btw)!
Pues eso…
Mi amiga Vic me enseñó que vivir consiste en crear recuerdos.
Cuando seais mayores lo entenderéis.
Algún día sé que recordaré esta habitación, sus ventanales, las puestas de sol rojas de noviembre. Y esta casa, su tramo de escaleras hasta el primer piso, el suelo de cerámica y sus techos abovedados.
Aparcar frente a la puerta, entrar directa desde la calle, el silencio y las viñas, las extensiones llanas y el enorme cielo. La ausencia de coches.
Hoy hay luna llena. O casi.
Y es difícil conseguir oscuridad porque no hay persianas ni cortinas. Porque no hay nada que esconder, como si fueramos protestantes.
He escuchado música y he bailado un poco. He estado un rato sola, sin angustia. Me he puesto al día de muchas cosas.
Hoy he estado especialmente irascible.
Y he pensado que algún día echaré de menos esta casa.
Y esta vida…
Leí una cosa bonita que daba consejos, que me creí. Uno de ellos era que si tienes ansiesad debes escribir. Y recordé que hacía tiempo que no pasaba por aquí.
Y aquí estoy. En cusnto he tenido un minuto.
Me da mucha pena haber regresado a la Normalidad. A dormir en cuatro camas distintas en la misma semana, a pasar el día en trenes, en coches de alquiler, en el mío propio (tiene tantos kilómetros, recién estrenado, que los del taller, en la primera revisión, me regañaron! Muy poco eco, sí…), en aviones.
Mirando paisajes. Y estos días: puestas de sol naranjas y preciosas que anuncian navidades y diciembres…
La vida es ahora igual que antes de todo eso que nos cambió la vida, que (al menos a mi) me detuvo durante meses magníficos y maravillosos.
Vuelvo a ser nómada. Y ahora tengo más casas que nunca (que no suene mal. Lo vivo bastante regular). Mi primera residencia está en otra comunidad autónoma. No digo más.
He cometido varios errores estratégicos en los últimos años. Como el de tener una casa, un hogar. Aunque estoy rectificando alguno, ahora.
Aviso a navegantes y nota al pie: el nido se vacía. De verdad.
Pienso que me siento en casa en todas partes y en todos los hoteles, ahora que vuelvo a encontrarme bien. Sin dramas, para variar un poco.
Pero vuelvo a lo de la ansiedad. Para eso escribo. Para contar que a veces me siento sola. Y mala persona por tratar los nombres de un excel como si fueran eso: nombres. Y no personas. Que se irán a la calle pronto, dónde hace tanto frío.
Me pagan para tomar decisiones. Y para agobiarme y respirarme el oxígeno y hacerme sentir agobiada y ansiosa. Un poco como siempre. Pero peor, que los años no ayudan a mejorar según qué relaciones.
Los años desgastan. Y hacen olvidar algunas cosas…
Hablo de la soledad laboral. Por supuesto. La otra no existe, a Dios gracias. :)
Somos la media de la suma de las cinco personas con las que más tiempo pasamos.
Eso gracias a las neuronas espejo.
Y yo paso bastante tiempo con alguien que me roba energía, me resta y me hace discutir, haciendo que yo tenga que sostener mis teorías a capa y espada. Agotador, por cierto.
Total, para sentirme ayer que “siempre quieres tener la razón”. Y tú? Le respondí. Si no quisieras tenerla, no discutiríamos. Ninguno pensaría y estaríamos de acuerdo!
Una broma, vamos.
También he recordado que somos la suma de nuestras decisiones.
Inevitable repasar la vida, releerla, y llegar a conclusiones, seguramente precipitadas. Que es de la manera en la que yo tomo las decisiones, precisamente.
En fin. Dejo este par de frases sabias para reflexionar y recordarlas si dentro de unos años releyera este post, precisamente.
Hay terapias y terapias. Y luego está (y siempre ha estado) escribir aquí.
De hecho, me equivoqué de blog hace algún tiempo y allí he ido dejando ideas y angustias. Así que aquí ando atrasada...
No recordaba apenas lo que significa sentarse ante el teclado, bajar la vista y comenzar a teclear compulsivamente, para sacarlo todo, para quedarse un poco vacía y respirar.
Han vuelto a ser muchos aviones y muchos trenes, vueltas a la cabeza y mucha gente.
La vida ha dado vueltas y hay cosas cambiadas. Mucho, desde hace un par de años.
Empezando por la vivienda habitual y el hecho de abandonar la ciudad. Siguiendo por la segunda residencia, que hasta cambió de comunidad autónoma. Y acabando por el tema profesional, que de tanto en tanto muta.
Pues ahora es todo diferente, claro. Incluso quién soy cuando me veo en el espejo...
Parece que la nostálgica que soy empuja fuerte. También la niña triste con vida privilegiada, se queja.
La vida es la suma de nuestras decisiones. Y reflexiono acerca de las grandes que he ido tomando con el paso del tiempo. Siempre dudo sobre si me he equivocado en una o en todas.
Mientras tanto, voy avanzando. No sé si como debería o en la dirección que alguna vez quise. El hecho es que avanzo. Sana. Porque descarté algo más que el estrés. Y de momento, todo bien (como dicen los latinos en las series de Netflix)...
Cosas raras que me hacen pensar en el AVE, cuando dejo Madrid…
Echar de menos lo que nunca has tenido. También lo que tuviste y extrañas intensamente.
Repetir y pisar baldosas de algunas calles, girar en esquinas en las que estuvimos, no besar en la Plaza del Beso.
Fijarme en que hay nuevos restaurantes en los locales que frecuentabamos y que las modas han cambiado. Ir a un local de moda pensando que en algún lugar…
Pasar con el taxi frente a la figura de Plensa, que está tan cerca del hotel donde te dejé para siempre, después de una noche en vela que fue larga como una serie de Netflix.
Dormir muy cerca del rincón oscuro dónde aparcaste en Plaza Castilla para comerme a besos, en una despedida que nadie hubiera querido, aunque fuera hasta la mañana siguiente…
Sobrevolar la puerta del teatro donde vimos ya no sé qué y el de las Artes, donde escuchamos el concierto de aquel.
Ver desde abajo la terraza con vistas en las que me invitaste a cenar la noche que te conocí. La noche en la que me pasé la noche entera (vlr) pegada a tu piel.
Respirar primavera, pasar frio y calor, mucho frio y mucho calor, con minutos de diferencia.
Ver a mucha gente.
Pensar que qué hacen las mujeres de este lugar para necesitar arreglarse tanto. Venir reivindicando mis orígenes incluso en mi forma de vestir, mi calzado, mi bolso. Y sin atachée. A pelo.
Claro. Ahora soy más jefa que antes y no necesito ordenadores. Lanzo los comandos por teléfono. Y se ejecutan.
No risk no fun. Y This is Madrid you know.
Y tantas otras frases en tantas otras historias, que acumulo mucho viaje y la mochila viene llena. A veces por suerte. Y otras con desgracia. Pero resignada, ya.
Soy lo que soy. Y casi siempre me gusta.
Todo junto, tanto cuento, haciendo bola pero con una sonrisa. Que me pillé a mi misma en un espejo con una mueca parecida a alguien satisfecho.
Sin acritudes. Sin rencores. Evolucionada serenamente a mi plácida version nueva de mujer mayor.
Me sigue tumbando. Madrid y sus gentes.
No puedo evitarlo. Aunque evite a toda cosa venir por aquí. Y a veces sea tan imposible negarme a venir.
Las obligaciones primero…
Y me consta que al menos a Neuronas también le pasa. Temporadas sin entrar y de pronto, un día, furia por escribir.
Difícil que entre aquí cuando estoy muy contenta o muy feliz. No es mi estilo presumir.
Por tanto, es mucho más probable que venga enfadada, triste o sola. Y a veces hasta todo a la vez.
Hoy no sé. Solo pienso que he aprendido a entender cosas, ahora que me estoy haciendo (tan) mayor.
Sé, por ejemplo, que las ilusiones (por algo, por alguien) pueden diluirse. Lo que no sé bien es en qué momento empezamos a dejar de querer…
Que el esfuerzo para que (las ilusiones) sigan como piedras han de ser muchos y reiterados. Diarios.
Que a veces da pereza. Por alguna incomprensible razón.
Que quien jura amor eterno se desvanece (y hasta hace ghostings).
Que mejor no te fíes mucho de lo que te prometan y estate más a los hechos. Las palabras se vuelan. Y las promesas son eso: promesas.
Que hay que leer la vida de las personas para saber con quién te juegas los cuartos. A mi me está apasionando el temazo “Rompimos hace años. Pero llevo el anillo que me regaló y me recuerda a ella”. En especial, la estrofa que cuenta cómo te hablan de ella varias veces al día, cada día, sin excepción. Un día leí que eso significa que no se cerró bien la historia y que la persona no estaría lista para una nueva. Pero no sé bien…
Que el cariño y el amor hay que ofrecerlo dentro de la pareja. Cuando se le va robando para repartir fuera, con otros, mala cosa.
Que las amistades son imprescindibles.
Pero cuando el contacto con tu amigo es de varias veces al día, cada día, mientras no mú a la pareja, ojo.
A veces se toman decisiones equivocadas. Yo suelo hacerlo periódicamente y de tanto en tanto. Cada vez más seguido. Y tampoco pasa nada.
Aunque algunas sean brutales errores del tamaño de un baobab.
Y bueno.
Otras veces, en lugar de avanzar, retrocedo. De manera obvia.
Siempre sueño lo que no toca y no debería.
Tendría que tatuarme que nada de retirarme hasta dentro de muchos años. No por la pensión sino por lo que podría quedarme aún de vida saludable y sin grandes ingresos ciertos.
Porque puedo vivir con poco. Pero no quiero. Necesito algo para viajar, ahora que he vuelto a hacerlo y ya no puedo parar.
Hacerse mayor no mola. Que el nido se haya vaciado es un desconcierto indigerible. Vivir frente al mar es indescriptible.
Hoy salí a caminar rápido (yo pienso que corro, pero bueno). A pasear descalza donde rompen las olas. El mar no estaba tan frío. Un tipo atractivo se bañaba…
Estoy un poco triste, esa es la verdad. Mercurio retrógrado, cambio de vida y astenia primaveral. Uranazo. Todo junto.
Puedo permitírmelo (estar un poco triste) y me lo permito…
...a los lectores de México, Brookling, Madrid y Barcelona que os estáis hartando de leerme, entre algunos otros.
Siempre es curioso ver que alguien te lee. Esto ha sido como un pozo oscuro al que lanzaba mi bilis, mis miedos, confesiones y alegrías.
No todo fue malo, en esta década larga de disciplina creativa.
¿Alguien sigue leyendo blogs, en el mundo breve de Twitter? ¿En el universo audiovisual de YouTube e Instagram, Tiktok o Bereal? ¿En serio?
Que se presenten, por favor. Las valientes necesitan ser reconocidas públicamente, premiadas y laureadas.
Pues eso parece. Que existen. Y se están un rato largo...
Imagino que una escribe para ser leída. No es mi caso. Siempre escribí para mi.
Y me fue sumamente útil, además de aportarme algunas personas que, en caso de no escribir aquí, jamás hubiera conocido.
Algunas, un par, totalmente prescindibles. O peor.
Otras, maravillosas coincidencias que todavía forman parte de mi vida.
Tengo una idea de negocio: un Facebook LinkedIn pero con fichas de exparejas y examantes y tooooda la información que hace buena la frase "las redes están llenas de taradas".
Con advertencias y avisos de quienes las conocen a fondo.
Con valoraciones como en Tripadvisor o AirBnb.
Miedito fuerte, ¿verdad? Peligro en vena...
A estas alturas todas sabemos qué ocurre cuando vengo aqui, ¿verdad?
A veces es porque la vida deviene un frontón. Y todo regresa. Rebota, a veces en la cara. Otras no.
Te enfrentas, discutes, argumentas. En vano.
Nunca me han gustado las polémicas, ni discutir.
Ni cuando era una niña muy pequeña (y menuda) sentada a una mesa de nueve personas adultas y los gritos pasaban por encima de mi cabecita, que iba de punta a punta, de conversación cruzada en conversación cruzada, mirando caras encendidas y enfurecidas. Sin entender nada.
Ni siquiera la disparidad de criterios. Quizá eso lo que menos entendía, seguramente. Porque era obediente y sabía que enfrentarme no iba a llevarme a ninguna otra cosa que a la cara de desagrado y desaprobación materna.
Y eso eran palabras mayores. Esosiqueno.
Frustrante.
Y nada ha cambiado, en estas décadas. Pocas veces me opongo a batallas perdidas de antemano.
Eso dice mi carta astral. Que si no voy a ganarlas, ni me pongo.
Las más valientes diréis que vaya aburrimiento, eso de ser la niña buena del cuento.
Bueno, buena no tanto.
Peleona, depende.
Agotada, seguro...
La vida se transforma. No hace falta decir cuánto nos ha cambiado en estos últimos años.
Mucha inmovilidad, en mi caso. Un parón infernal durante años.
Yo, tan acostumbrada a moverme, demasiado. A pisar tantas camas distintas, a volar, a llenar maletas de lo imprescindible.
Ahora es un apéndice de mi. Sencillamente y con naturalidad. Ya ni la guardo, ni la cierro, ni la vacío. Siempre abierta y a punto.
Pocos vuelos, aunque alguno. Varios trenes, recientemente. Como si una normalidad olvidada y desconocida fuera regresando.
Aún la oigo contarme el viaje. El mismo.
Decirme que ese destino era de los de la lista de inolvidables.
Aunque a veces no coincidiéramos y yo regresara de alguno renegando y ella me riñera con un cariñoso "nopuedeserquenotehayagustado!".
Pues era. El secreto que grito ahora es que en realidad no sabía viajar y solo me dejaba llevar. En mi caso, años después de volver de los lugares es cuando alcanzan la categoría de imprescindibles.
Saludaré un cierre de año y le daré la bienvenida al siguiente lejos de aquí.
Consciente de la importancia de los cambios que se acercan, cruciales, enormes, determinantes, de los de sin retorno.
No ha comenzado y el 23 me paraliza...
El miedo y el frío me agarrotan los dedos para recordarme que me ande con cuidado...
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.