Comento con una amiga cosas de mi vida, porque me pregunta.
Asombrada, me dice: oye, no hace tanto que no hablamos y mira que te han pasado cosas...!
Reviso un poco y le digo que tiene razón.
Pasan como 48 horas más, vuelvo a hablar con ella, pero ahora ya en modo: no te lo vas a creer pero me siguen pasando cosas...
Buenas. Bastantes malas.
Pero mira. Me estoy haciendo de hierro.
Una relación intermitente a la que ya tengo que darle carpetazo por indicación de mi psicóloga. Y mira que yo seguiría chapoteando ahí lo que hiciera falta... Menuda bronca me echó, la tía, por estar ahí estancada y babeando.
Una propuesta para reforzar un tema familiar que probablemente, de salir bien, me / nos cambiará la vida.
Una proyección profesional con la que no contaba y que, mira, me activa un poco las ganas y me saca del aburrimiento crónico que es ya mi vida laboral.
Un diagnóstico de enfermedad autoinmune (de ayer mismo, fresco fresco) que ni sé cuánto tiempo puede hacer que debutó, pero que impacta un poco... No es taaaan grave, pero tengo que procesar dónde me lleva la broma.
La casa de la montaña en proceso de apertura para primavera. Y enamorarme de ella y de mi proyecto ahí en solitario. Y pensar que igual tengo que deshacerme de ella para cumplir el proyecto familiar. Penísima.
Ayer salí a cenar deliciosamente bien con alguien. Nos bebimos una botella de vinazo entre dos. Nos reímos y hablamos de casi todo. Así, natural y alegremente.
Hoy se ha terciado cenar en su casa, como si nada. Las "vecinas" estupendas... que solo vive a 15 minutos de la mía.
¿Se entiende, la frase anterior?
Un tesoro, esas personas.
Dieta mediterránea, felicidad. Compartir.
Y con esto ya estaría dicho casi todo lo que venía a decir por hoy...
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