Suelo enfrentarme de cara a mis mierdas. Con perdón.
No me hago trampas al solitario.
Ni me disparo al pie.
Por eso siento que, si miro hacia atrás, un poco más de un año, veo que he vivido un calvario.
De desestabilidad, de intermitencias, de apariciones maravillosas y desapariciones abruptas e inesperadas, de que me dejen por WhatsApp o por teléfono o mediante el silencio más cruel. De que me planten. Y este verbo es muy importante: de que me abandonen.
En paralelo, he buscado compañía, respuestas y soluciones en ChatGpt (una mierda que solo quiere gustarte para que le consumas tiempo y te des de alta, no es objetivo), en amigas y familia, en redes, en la filosofía estoica, en la lectura en papel, en el Tai Chi, en el pádel, masajes, fisioterapia, psicólogos, psiquiatras, retiros, silencio, búsqueda de soledad en mi casa de aquí y de allí.
Seguro que me dejo cosas.
Buena voluntad para dar espacio, comprensión, paciencia, tiempo y bla bla bla no ha faltado, aunque todos me recomendaran que corriera el aire, que me evaporara, que nunca más.
Yo necesito respuestas, comprender la raíz de las cosas, los por qués, si la que falla soy yo.
A mi me gusta la elegancia, enfrentarme a las cosas, no gritar, la educación y el respeto, construir, crear, compartir...
Me dijo: "hechos, no palabras".
Todavía no sé si se espera que le pida matrimonio... De verdad...
El hecho es que, debe ser la ocasión número 200, por lo menos, desde hace 13 o 14 meses, ha cortado la comunicación. De nuevo. Jura no regresar nunca. Pero ayer, después de una semana clavada, llamó. No pude contestar (aún hago cosas y estaba ocupada, aunque os penséis que estoy al borde de una piscina o del mar tomando aperoles... que yo lo sé... o al borde de un ataque, que también...).
Y demuestra su control no respondiendo a mi llamada de vuelta (en cuanto quedé libre y nerviosa), teniéndome a la espera de que entre una suya, con la más pesada de la incertidumbres...
Yo sé que cuesta de entender. Que es fácil recomendarme que la largue a la chucha. Que cómo puedo aguantar tanto.
Pero, ¿qué haces cuándo quieres a alguien, piensas que puedes ayudar y no quieres perderla...?
Pues sufrir, hombre. Sufrir...
Me he reído. Confieso. Pido perdón. Eres incorregible. Lo que te enganchan estas cosas. Disfrútalo y súfrelo. Quizá algún día eches de menos ese “sufrimiento” . (Yo era como tú pero me quité, sin saber cómo ni cuándo. El día menos esperado, ya ves . A veces, pocas, alguna lo echo de menos. Confieso.
ResponderEliminarFirmado: yo
ResponderEliminarUn día recordaré con nostalgia y una media sonrisa todas estas mierdas. Desde una silla encarada a la ventana. Sin movilidad. Esperando visitas que siempre se retrasan. Ya verás tú qué gracia...
ResponderEliminarSpark