Se ha encallado el soporte de la cápsula. Acababan de limpiarla a fondo, hace unos días.
Tengo que adelantar que el café de aquí es muy malo. Pero mucho. Así que me compro el mío, al gusto. Capsulas de capuccino, con leche en polvo. Truco para no tener que añadir azúcar ni edulcorantes mortales. De nada.
Una intuición, quizá. Mirar el soporte de la cápsula.
Algunas larvas. Unas vivas, otras no. Pero ahí incrustadas.
He estado tomando infusiones de bichos, estos días, por lo menos.
Todavía tengo el vello de los brazos de punta.
Sin dramas, pero pocas cosas me dan más asco.
Aunque lo peor es repasar mentalmente en qué lugares pido café. Porque los conductos interiores por donde circula el líquido nadie los limpia. Son inaccesibles, inalcanzables (como algunas mujeres...).
La superautomática de mi casa estará igual, me pregunto. ¿Las de la montaña? ¿Y las del bar dónde pido chai latte y capuccinos y solos con hielo?
Mira, qué asco asqueroso, de verdad.
Agua con gas y rodaja de limón, a partir de ahora... O descafeinado de sobre...
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