Acostumbro a empezar el año dos veces: en septiembre, como el principio de curso de toda la vida, y el 1 de enero, con el cierre de cuentas anual, las uvas y todo eso.
En los dos casos suelo marcarme objetivos o cosas que me gustaría hacer. Después de hacer balance.
Aquí está:
Vacaciones en isla mediterránea de aguas cristalinas, cristalinas, y colores verdes, verde azulado y azules.
Días de sol y de buena compañía, de muchas risas y buen rollo, como ha dicho alguien. Después de tres semanas acompañada, la caída está siendo fuerte, como era de preveer.
He tenido la oportunidad de prepararme, que no soy nueva.
Flotar durante horas en agua salada, como las personas mayores. Improvisar. Muy buen comer y también beber. Tomando decisiones dificilísimas: a qué playa vamos hoy, tomamos un frapé o una cerveza local, salimos del agua, qué comemos, a qué hora salimos...
Vacaciones de playa, ya se sabe. ¡Pero qué aguas!
La segunda parte, también acompañada, en territorio conocido, jugando en casa.
Puestas de sol naranjas después del eclipse (que vimos en un aeropuerto europeo), flotar en agua salada de piscina, decidir si salimos a caminar (sin repetir ruta, que era lo difícil), qué nos preparamos para comer, si buscamos moras o higos...
He tomado menos sol que el verano pasado y he estado mucho menos sola. Dieta keto para sentirme bien, que regresé como un globo de helio. He caminado/trotado mucho menos también.
Estamos entre eclipses y a estas alturas sabemos que son épocas de cierres y aperturas.
He cerrado bastante bien, que conste. Casi todo, supongo.
Pero esto de abrir, es otra historia (desesperante para mi y mi impaciencia...