Primera parte.
Los minutos se van empujando entre sí y de pronto ha pasado un día. Muy lentamente.
Si ayer hacía dos y medio, hoy hará tres y medio. Cuando me acueste.
Me refiero al silencio y a la distancia.
A esas brechas.
También al vacío que deja alguien cuando se va de tu vida. Sin peinetas. Discretamente y de acuerdo contigo.
Pienso en voz baja aún estando sola y me animo tímidamente, porque soy de las de la copa medio vacía. Nada de grandes alegrías.
Ni siquiera por todo aquello de lo que debería sentirme profundamente agradecida. Pero, ¿quién dice que no lo estoy?
Lo estoy.
Sé que soy afortunada, por tantas cosas, experiencias, lugares y personas.
Que pasen veintipico días, por favor. Con eso ahora mismo me conformo. Aunque en parte sienta que pierdo esos días, que los desaprovecho.
Porque es cierto lo que dijo mi amiga Carmen: estamos en tiempo de descuento, vamos a contra reloj, de bajada, claro.
Os prometo que ese detalle lo cambia todo. Porque no hay tiempo que perder, porque nos arrepentiremos de lo que sí y de lo que no hicimos en su momento.
Entiendo que la gente más joven no lo entienda, porque no toca, todavía. Pero a las de mi quinta, sí. Fuertemente, nos toca.
Parte dos.
No me encuentro bien y el fin de semana se me echa encima. Faringitis vírica, debe ser. Las defensas que destruyen los disgustos no creo que sean esta vez. Virus. Solo virus.
Ganas de esconderme en casa, abrigada por una calefacción que funciona, perdiendo el tiempo, leyendo, haciendo ejercicios, pensando y apagando el móvil.
Parte tres. La de los propósitos.
Hoy mismo tengo una cita para ver si hay una nueva actividad a la que pueda dedicarme. Conocer gente nueva y eso. Puede salir bien o no. Veremos.
Estoy en conversaciones por temas inmobiliarios. Sería un gran cambio de vida. De nuevo. Y un cambio de etapa. Quizá ahora sea lo prioritario...
No estoy en forma estos días, aunque sí lo estaba hace un par de semana esquiando. Esquiar en grupo es de las cosas más divertidas que hay. En serio.
Buen tiempo, sol, el frío normal de la montaña en enero (nada de olas de frío polar), nieve recién caída, cañones en marcha, risas y gente querida.
Ganas de poder correr sin que la garganta se anestesie por el frío pelón y el aire congelado que debería entrar por la nariz. Muchas ganas de retomar eso, que me ha permitido entrar en la temporada de esquí con unos cuádriceps que lo han aguantado todo. Felicidad máxima. Ha valido la pena.
Conclusiones.
Me aburro. Esta etapa de mi vida, este momento vital me aburre mortalmente...