Aquí se viene a jugar con las palabras. A vaciar nostalgias. A comprender miradas y silencios. A compartir sin disfraces. Con seudónimo pero el alma verdadera...

jueves, 14 de febrero de 2013

Nada menos que amigas...

Creo que tenemos que hablar, ahora que está pareciendo que algunas cosas se salen de lo normal. La discusión del 'defíneme normal ahora no toca...', porque lo que quiero que pienses es algo distinto. Quizá son imaginaciones mías pero, a estas alturas, es altamente improbable que esté en un error...


Fíjate bien. Verás. No es normal que chequees compulsivamente una de tus cuentas de correo, que mires la pantalla una y otra vez por si hay algún aviso en los iconos de mail, de whatsapp, del blog. Hace un par o tres de semanas no lo hacías, al menos no con esta intensidad, mientras conduces, caminas por la calle, tu teléfono está sobre la mesa o discretamente dispuesto en algún lugar no perceptible pero fácilmente chequeable. Tampoco simultaneabas conversaciones escritas o correos centrándote solo en uno de los remitentes. No estudiabas con tanto interés el contador ni sentías que esto de corresponder con una extraña a lo lejos no era una actividad muy normal. Y por eso no la has compartido con nadie. De momento. Si, de momento... Algún día va a ser imposible no hablar de todo esto con alguien, porque dentro, en el alma, se va a explotar...


Tampoco es lo más normal, l#s dos lo sabemos, que te sepa a poco casi todo: el gesto, la voz, las escasas conversaciones, los mensajes breves, una linea o mil lineas llenas de letras... Porque ahora despiertas entre sueños y consultas el momento en el que el teléfono dejó de operar, miras la foto de perfil y a veces te gusta el paisaje y otras muchas extrañas a la persona, un retrato, su perfil... 

Y creo que esta conversación es importante. Porque lo eres tú y por la fragilidad de la situación. Porque un día no estuvo y mañana puede dejar de estar. este tipo de relaciones, ya se sabe, son intrascendentes y están condenadas a agotarse, consumirse, desaparecer...

Atrévete con la amistad, esa relación plácida, generalmente divertida y a veces (cuando hay suerte, interés, empatía y mimos) infinita; vamos a seguir adelante, por caminos distintos, transcurriendo en nuestras vidas tan distintas y tal vez a cientos de kilómetros para siempre, siempre; sin embargo, solo amigas. Amigas a largo plazo, como las imposiciones bancarias, por ejemplo. 

Amigas de las buenas y de verdad, que acompañan en los malos momentos o son una fiesta, por las que te cruzas diez paralelos en vuelo rasante al mínimo indicio o bien te pasas la noche en vela en pijama haciendo un FaceTime, aunque mañana tengas claro que llegará un día duro; y te vas a Asia (China está en Asia y les gusta el color rojo. Tienen hilos larguísimos, que unen distanciad...) y proyectas lugares sin poder parar. Sorpresas u pequeños detalles, como la nota en el punto de libro o debajo de la almohada, el beso impreso sobre el vaho del espejo del baño y el te quiero en carmín, una caja de bombones pequeña con forma de corazón y tulipanes de color naranja... Ese tipo de cosas que ya se saben, que se pueden dar por hechas, que resultan mágicas en tantos momentos de la vida, en sus etapas, al principio y al final de tantas cosas.

Venga, deja que seamos amigas y olvida todo lo demás...


miércoles, 13 de febrero de 2013

Imposible sentirme peor con tan poca cosa (editado)

Vamos a ser amigas. Nada menos. Y a tomarnos en serio, con el rigor de un compromiso necesario y conveniente. Venga, atrévete con la amistad. Únicamente, sin dudas sobre si tener que avanzar hacia algo más o verse impelido a ello. No. Estamos en otro plano y quiero que me digas que, aunque te ha costado, has conseguido no esperar a toda hora una señal, ni recibir las letras breves en el WhApp. Borra, elimina todos los motivos que invitan a determinados usuarios. Ser amigas y no trascender  o decidir que nada va al plano difícil de algunos sentimientos escapar la mirada al teléfono medio escondido y releer conversaciones de un monto feliz en algún parte...


Lo siento pero me veo obligada a editar, cosa que no suelo hacer. Introducción: no consumo estupefacientes, normalmente no me excedo con el alcohol, que degusto con moderación y apasionadamente porque es mi responsabilidad y porque conozco el mundo desde dentro y muy recientemente. Anoche sucedió que llegué a casa con el post bailándo dentro de mi coche al compás de melodías como "live me to the end of love" o "secret life" y otras perlas, que me llevaron de noche y demasiado tarde a casa, con una ansiedad que se me saltaba por dentro de las venas y se apreciaba a simple vista, en la superficie de la piel. Fui mala madre y todo me salió mal. Mil presiones de plazos cuyo cumplimiento no es posible, discusiones por la mañana, por la tarde, contra altos cargos que no suelen escuchar. Sabía que no dormiría y decidí preparar el sueño ingiriendo algo que mi doctora preferida, con grado de consanguinidad, me había regalado un día, para cuande llegara el caso. Y yo, sabiendo que ese era precisamente el mejor día de todos para probar y teniendo en cuenta que soy de naturalez confiada, la ingerí, como debe ser, con un sorbo de burbjeante coca cola light. No quise cometer el mismo error que una vez anterior en la que mi cena se vio acompañada de un par de vasos de un vino del Priorato. Eso fue terrible, debió serlo porque mi descendiente se reía preocupada porque no era capaz de caminar recto de la cocina a la cama, por ejemplo, si no que debía apoyar hombro en la pared y mantener la verticalidad. Se ha reído durante mese de lo gracioso que hablaba y que nunca llegó a entender y no ha olvidado la anécdota, no. Ayer no quería volver a ser ridícula y opté por la cocacola. El hecho fue que  quedé fuera de combate en algunos minutos y que me acosté con prisas para evitar el mareo de visión y de cabeza. Sin interrupciones nocturnas y con sueño seguido, al despertar no sabía ni quien era, ni cómo había llegado a la cama o, lo que es crucial, dónde coño estaba mi móvil y sus cuarenta cuentas, con correos por abrir y decenas de conversaciones en marcha. Suelen tomar prestado a ratos ese aparato, mis descendientes: que si los juegos, que si el instagram, el twitter, yo qué sé. Un rato de pánico. Como ellos dormían aún no podía perdirles ayuda aunque me costara la dignidad de reconocer mi estado. Me he llamado a mi misma. Soy idiota y siempre lo tengo en silencio. Así que he debido buscar por toda la casa el zumbido vibrador: en la nevera, el baño y la cafetera, en baños que no son el mío; cerca del Mac y en el recibidor; entre las arrugas del sofá; arrodillada escuchando los bolsos vacíos... Estaba debajo de mi cama, encendido. Viviré mil vidas y no sabré cómo lo dejé ahí, en lugar de su sitio habitual y en carga...

Sé que el post de anoche es confuso, gramaticalmente incorrecto y ha dado pie a malentendidos. Prometo reconducirlo y redactarlo tal como pensaba que lo había escrito. Con sus verbos y sus predicados, lo normal...

martes, 12 de febrero de 2013

Frío y flashes...

De pronto me doy cuenta de que empiezo a recorrer de memoria la ruta de ese aeropuerto (otro), sé el punto exacto en el que está la tienda de Armani -por ejemplo; es solo un poner- o dónde encontrar los Godiva que suelo llevarle a mi ascendiente en cualquier ocasión en la que me ausento de casa, aunque sea solo unas horas. Por impulso. Su cara de sorpresa/ilusión/alegría/orgullo es priceless. Aterrizar de (muy de) noche y sola no es el planazo de la semana pero sobrevivo y arrastro la maleta sin ganas por esos pasillos inmensos y medio vacíos, esperando a que la bofetada de frío (menos uno, según la App del teléfono) me reciba y me acabe de tumbar. Observo con atención, mientras la alfombra automática acelera mis pasos ya rápidos, un anuncio apaisado, de una marca norteamericana de ropa con la que me siento profundamente identificada, de unos tres metros de alto por unos cincuenta de largo (mal calculados, pero no es una fruslería, calculando a cuánto se cotiza el metro cuadrado de publicidad en ese soporte y lugar; fruslería, qué horror de palabra...), que muestra frontalmente a once jóvenes (son once, seguro; lo sé porque los cuento uno por uno; ya he dicho alguna vez que suelo contar cosas absurdas que veo en las calles, en casa, en cualquier lugar: lineas, árboles, lámparas, siempre que estén en el mismo campo visual; me inquieta no tenerlas contabilizadas...) de todos los sexos y varias razas, impecablemente vestid#s casual y sonriendo con impunidad, desparpajo y algo de condescendencia a la cámara. Híper segur#s de sí mism#s. Atractiv#s según los usos del momento y despreocupad#s como los estudiantes de un campus yanki, l#s examino uno a uno a medida que se deslizan a mi izquierda, a velocidad constante y simultáneamente recuerdo una de las etapas, probablemente la más divertida, la que me ayudó a crecer a mi junto con esa marca tan difícil de pronunciar bien, como si me estuviera muriendo y la vida fuera pasando frente a mi a base de fotogramas en flash...

lunes, 11 de febrero de 2013

La mujer de los coros de Leonard Cohen...

Hace años vi en tv una canción de Leonard Cohen, Dance me to the end of love; me impresionó una de las dos mujeres del coro. Era morena, no tan jóven como era de esperar, con el pelo no muy largo, no muy corto, con rizos amplios; se movía como si hubiera vivido en ese plató desde su nacimiento, y se la sentía viviendo la canción; la voz sobresalía sobre todo lo demás: los susurros masculinos, la percusión, las otras voces, todo. Creo que ha pasado una gran cantidad de años porque Leonard era mucho más joven que es hoy pero recuerdo a esa mujer con nitidez. La he buscado, claro. Me he tragado una y mil versiones de esa canción y, sí, salen mujeres, pero ninguna es aquella. Seguro... A veces pienso qué habrá sido de ella...

Como en un lugar público y a mi lado una pareja se va reprochando cosas. Ella, embarazada de muy poco, lo acaba de comunicar a su pareja, un hombre de mi edad, con barba. Me maravilla alguna cosa: le insiste en si quiere tener el bebé; le repite con persistencia que no se preocupe por nada, que todo saldrá bien, cuestionando que prospere. Ella llora con discreción, sonándose de tanto en tanto, como si estuviera resfriada. A veces, esas frases hechas, tan típicas del género, tienen efectos balsámicos y reparadores. Otras veces, suenan a tan poca cosa...

domingo, 10 de febrero de 2013

También yo soy sensible...

Otra maleta hecha. Breve, suficiente, justa. Al final he aprendido a viajar ligera, sin excesos. Mi trolley y yo. Hacia el norte, con la secreta esperanza de que la nieve, la fuerza mayor, impida despegar y justifique mi ausencia. En esta ocasión es distinto porque ha cambiado el ente al que debo representar. Es diferente, solemne, oficial, con nombramiento. Y el pánico no está admitido, en estos casos. Solo espero poder, que ya será todo. Pero eso será después de celebrar oficialmente que hace veinticinco años, ni uno menos, que estoy comprometida con una corporación de derecho público. Luego, el vuelo nocturno, el único que me permitía encajar agenda, que me aterriza cerca de la media noche a poco más de mil kilómetros de casa, moviendo agendas familiares y viendo caras que empiezan a enfadarse, por la frecuencia de las ausencias de estos últimos tiempos. Soy la primera a quien esto fastidia; tampoco a mi me gusta romper algunas rutinas como la de no poder acompañar los hábitos diarios o no visitar ni el gimnasio ni a sus pobladores, soplos de aire fresco que se extrañan, al final. Todo se resiente, todo. Probablemente lo que más el fondo del alma...

sábado, 9 de febrero de 2013

No tengo ni siquiera la oportunidad de llorar...

Son las hormonas. Son las hormonas. Son las hormonas. Tienen que ser ellas...

He salido a la calle. He hecho cosas cotidianas y reconozco que ahora han devenido excepcionales, para mi. Me he visto desde fuera, desde arriba, desde lejos. No estaba dónde quería estar [frente a un escaparate lleno de animales muertos y despedazados dispuestos cuidadamente sobre unos mostradores], no hablaba con quién me hubiera gustado estar hablando, tampoco tenía a mi lado a mis descendientes, como años antes, como cuando la vida era algo normal, había llegado a construir un entorno como el que siempre se me había dicho que era el objetivo. Lo tenía. Lo tuve. Les tuve. Hoy ya no. Ya no, como el chico de mi edad que está a mi lado, a la derecha, esperando a ser servido, abrazando con devoción a una niña preciosa de dos años, que le devuelve la devoción con besos en la barba, llena de canas pero bien cuidada. Él, hoy, tiene lo que yo tuve. Y para mi alegría se le nota por todas partes que lo valora, mucho más, quizá, que lo que yo nunca hiciera. Tal vez.

Los ojos se me han inundado y la dueña del lugar lo nota. Me conoce. Fueron muchos años de tener una vida normal. Normal. Normal. Llorar me sienta mal porque la mirada se me irrita y mi timidez se agudiza, sobretodo cuando me pasa en público. Supongo que un poco como le debe suceder a todo el mundo. Ironía... No he podido llorar. Y he regresado a casa, dejándolo todo a medias, sin hacer, como el ser más desgraciado del universo y del resto de las galaxias que aparecen de tanto en tanto. He vuelto para llorar en la intimidad de un lugar que a veces tampoco reconozco. He mirado la cama, desafiando la imperiosa y cuasi invencible necesidad de introducirme entre sus capas y no moverme nunca más. Qué mal presagio, cierto; hasta yo lo sé. No pinta bien. 

Necesito llorar y también un abrazo. Y que alguien me acaricie la espalda susurrándome que no hay de qué preocuparse, que deben ser las hormonas...

viernes, 8 de febrero de 2013

Regreso y anochece...

Como dicen desde el centro de la península, este fin de semana juego en casa. El equipo está formado por ascendiente y descendientes. No es impresionante pero sí entrañable. Soy perfectamente consciente de la fragilidad de las presencias en mi vida. De la provisionalidad de las relaciones [de cualquier tipo] y de que nada sea inalterable ni permanente ni tampoco perpétuo. Miro hacia atrás y todas las cosas me confirman que ha habido etapas de una pluralidad de tamaños, con protagonistas muy grandes, muy breves, cruciales, irrelevantes. Y de todos los colores. Por esas certezas, el plan de sofá y lectura o película me parece de los buenos. Quiero confesar que mi naturaleza inquieta, fiestera y populista se resiente de todos los tiempos detenida, en modo calma cómoda. En realidad soy una inmadura infantil a quien le apetece una fiesta más que a un tonto una gorra de cuadros. Y ya se sabe que las cosas, cuando no se tienen, se quieren con toda la intensidad. Como algunas personas, aunque esto me lo han contado, porque he tenido la fortuna de tener lo que he querido. O no. Pero hoy no toca rememorar ni invocar ni pasearme por los lodos de quienes me hicieron sufrir. Hoy no. Se me amontonan otros pensamientos, distintos, a partir de las tareas que comienzan el lunes. Se acumulan los destinos que han de venir, como los años que celebrar y a veces siento un poco de vértigo, un poco de soledad, un poco de miedo. A mi nunca me han gustado los compromisos. Porque me da miedo fallar, porque no quiero fracasar de nuevo, porque tengo el alma inquieta y no puedo permitirme dejar ni un milímetro sin explorar, porque hay que intentarlo con fuerza y hay que ensayar experimentando, porque no es posible que esto sea todo, amigos y que nada se alterará en mi trayecto por el desierto, porque alguna vez habré de enfrentarme a la soledad que me paraliza [quizá por ser la enorme desconocida], porque la vida es [o resulta, en ocasiones] larga y hay que estar en forma para lo que ha de ser. No me gustan los compromisos, tampoco manchar el cristal de las copas con carmín o con crema de cacao, aunque parezca una anécdota estúpida...

jueves, 7 de febrero de 2013

Una estupidez que se entiende perfectamente...

Pido disculpas por la naturaleza consumista y frívola de esta entrada. Sé que puede herir sensibilidades a quién esté sufriendo los efectos de esta crisis.

Pero he descubierto que el 80% de las fundas de iPad que llevamos las mujeres es de color rojo.

Como estudio de mercado riguroso no tiene ningún valor. Pero yo aquí lo dejo...

Zorbing...

No sabía cómo se llamaba esta actividad.

Ahora no creo que lo olvide nunca...

miércoles, 6 de febrero de 2013

Nadie lo diría...

No me acostumbro a pantallas pequeñas en las que torpeo veces infinitas y tengo que repetir los golpes excesivamente para mi impaciencia. Estar ante una pantalla puede ser, a veces, una de las maravillas de la vida. Hacer maleta de nuevo no lo es, por ejemplo. Cambiar una y mil veces los pernoctes de mis descendientes con el correspondiente recochineo de mi "ecs" pues tampoco. Pasear por el campo después de la comida y antes de seguir trabajando, después de haber bebido uno de mis vinos preferidos es, como mínimo, extraño por infrecuente. A veces me preocupa. Digamos que soy una mujer confundida a la par que preocupada, entre otras muchas cosas...
 
Noche breve y ver volar paisajes mientras amanece y mientras arrastro una maleta con ruedas tamaño cabina y un maletín para todo lo demás y, sobretodo, sueño detrás de los párpados; se me han desaparecido muchas ganas de tantas cosas. Me he cansado, es simple. Ha dejado de haber algunas novedades que devinieron rutinas, que son mi enemigo número uno, pero todo sigue su curso y procuro reir y disimular que habría otros miles de lugares en los que preferiría estar, seguramente con distintas compañías. Y sigo. Y estoy. No se nota nada, ni siquiera que miro de reojo porque hay en el otro extreño del restaurante unos ojos impecables que no dejan de rondarme...

martes, 5 de febrero de 2013

Bienestares...

Volver al este tiene su coste: no me acostaría nunca, me resulta difícil conciliar el sueño y al despertar siento un escozor en los ojos más propio de la media noche que de las siete a.m. Eso es sinónimo de cambio de ciclo circadiano, claro. Simple. Y ya se regularizará al ritmo de día por hora cambiada. He regresado al gim después de un largo parón por diferentes razones, la peor de las cuales me llevó a pasar algunas horas ingresada. Actividad presenil pero me siento estupendamente. Al final, también yo seré más fuerte de lo que parezco en la distancia. Ya se sabe: las apariencias. Engañan. Como algunos hombres. Como algunas mujeres.

Leí a diez mil pies algo muy interesante acerca de la adicción que crea la secreción de adrenalina. Creo que me quedé con lo esencial (parafraseando a Saint Exupéry, un poco) y que no es necesario que consulte la red. Quizá eso explique que al final del día te sientas vacía si la jornada ha sido tranquila y no ha tenido carreras por los pasillos, reuniones superpuestas, cancelaciones de última hora, llamadas rechazadas por imposibilidad, ubicuidades imposibles y un par de docenas de reproches o miradas decepcionadas de quien vino a verme sin avisar [eso no está del todo bien si aspiras a tener una agenda operativa, como buena persona organizada] y se encontró conmigo tras la pantalla del pc y el teléfono fijo a la altura de mi pabellón auditivo derecho [suelo hablar así, en esa postura, habitualmente] y el móvil sonando insistentemente en la mesa auxiliar que queda a mi izquierda.

Discuto en la última llamada del día de hoy si he tenido un día bueno o malo, como yo creo. Intentan convencerme que fue positivo y no me muevo ni un centímetro de mi convencimiento inicial. Pero a mi nunca me ha gustado discutir. Hay otras convicciones que me está costando más mantener a raya y quedarme quieta. Tengo un sentimiento [en realidad, tengo muchos...] extraño, como si alguien rondara en círculos y en silencio a mi alrededor y la percepción es idéntica a la de la claustrofobia de un encierro. No pienso en los de Pamplona, solo en uno cualquiera... No soy yo si no el entorno. No tiene que ver con mi mente ni con mi cuerpo. Es exógeno e ingobernable, algo que está ahí y sin poder evitarlo permanece. No va a ser eterno, esto también es fácil de prever. Pero si que está siendo intenso...

lunes, 4 de febrero de 2013

Y sin embargo...

Con todas estas décadas a la espalda, a cuestas, a rastras y a trompicones. Con tanto tiempo impreso alrededor de los dos ojos y de la boca. La de lágrimas que he ido perdiendo por los caminos y las situaciones atravesadas. Parece mentira, con toda probabilidad: nunca antes estuve tan confundida. Y todos los sinónimos del verbo, así como la mayor parte de sus conjugaciones, me atropellan a estas alturas del recorrido, como si pudiera quedar impune y no padecer daños colaterales. Como si pudiera con cualquier cosa. Y nadie sospecha nada...

viernes, 1 de febrero de 2013

Un viernes y tres aeropuertos...

Qué sueño tan extraño, sobretodo tan real. Ha sido como sentir el asfalto bajo los pies, el crujir de las cervicales que no alcanzan a terminar los edificios, notar el viento gélido del Golfo golpeándote frontalmente y desplazándote un poco hacia atrás, o deteniéndote en tu rápido caminar. He podido sentir las yemas de los dedos de la mano derecha quemándose con el típico vaso de café y tapa de plástico mientras caminaba por una calle cualquiera y el paladar sufriendo por un chili que se me llevaba de pronto al norte de la India; los aromas. He tenido la intensa sensación de recorrer lugares por primera vez, yo que creía que apenas quedaba nada. He recibido la calidez de l#s lugareñ#s pero me tuve que entretener recordando que tal vez dormía y que eso era solo un sueño. He estado, he debido estar y he presentido que me sentiría encerrada, al regreso de lo que nunca sucedió. Han llegado voces, letras, cuentos e historias, vidas y me he preocupado, pero debía estar durmiendo. Quizá por eso el escozor de los ojos, el humor difícil, el apetito cambiado y el semblante serio. Es lo que sucede cuando se duerme poco y se sueña tanto...

miércoles, 30 de enero de 2013

¿Qué tiene este lugar...?

Una reunión tras otra. Diez acentos distintos. De un lugar emblemático a otro. En volandas, agotada. Aún no me he ido y me muero por volver...

lunes, 28 de enero de 2013

Un cambio...

Estos días son larguísimos. Los trámites de entrada infinitos. Los trayectos en taxi hasta el hotel inacabables, como un viaje paralelo. Los piratas están en cada esquina y a uno ya le he tenido que quitar la maleta de las manos. El hotel tiene cuarenta pisos y hace un frío alpino, de esos húmedos que calan. Me cuesta entenderles, a la velocidad que hablan, con los acentos que tienen. Y yo que pensaba que en mi ciudad había tantas razas. Esto sí es increíble...!!! Ducha y a cenar. Con lo que me apetece socializar, ahora, hoy... 

domingo, 27 de enero de 2013

Justo antes de marchar...

He cambiado la configuración y ya no pienso en millas. Sé la equivalencia pero soy lenta haciendo cálculos, especialmente con monedas distintas. Siempre tomo un dato como referencia, fácil de operar y así consigo al menos aproximarme a lo que sería el gasto real. Seis mil ciento cincuenta kilómetros de puerta a puerta, o algo así. Suficiente para extrañar su risa en el sofá, repetitiva y relajada en los días que han de venir. A ella le gustan estos domingos tranquilos, pienso mientras preparo la cena. Como le gusta igual estar ahora tumbada a mi lado en el sofá, en paralelo, su cabeza en mi estómago, compartiendo una de esas mantas tan  gustosas, de color blanco, mientras ella ve la tele los últimos minutos antes de acostarse y yo repito teclas porque no para de moverse bajo mis brazos. Y no soy rápida, precisamente. A veces necesito años, no me los dan, todo se queda por decir y una regurgita las palabras, los secretos, todos los silencios y la pena. A mi me encantan estos domingos, aunque haya que pensar maleta, combinaciones que no van con lo de viajar ligera de equipaje, chequear agenda y pensar en casi todo lo demás. Me encantan y extrañaré casi cada momento sin que eso signifique que me falta algo. No suelo proclamar que siento que lo tengo todo...

sábado, 26 de enero de 2013

El ahora de hoy y el del verano...

A veces tomamos consciencia de las cosas más pequeñas. No es invención propia. ya Eckhart Tolle lo recomienda vivamente en El poder del ahora. Digamos que a mi me ha sucedido recientemente en varios nanosegundos... Un paseo entre docenas de razas por Rambla Cataluña, una mañana fresca de invierno, soleada. Echar la sal al agua hirviendo para preparar pasta y después un poco de aceite, mirar por la ventana del taxi que te regresa del enésimo aeropuerto o pasear las habitaciones de la enorme casa materna en la que creciste y a la que sueles resistirte a volver, reivindicando una existencia tan completamente distinta. La maleta vacía vuelve a esperar en medio de mi habitación y no me quiero enfrentar a construir combinaciones cómodas y correctas y abrigadas, seguramente porque esta vez hay un miedo especial, diferente y arriesgado que se añade a las tensiones habituales, un riesgo distinto que no se va si cierras los ojos o te abstienes de hablar, como hacen los niños y como se practicaba en mi familia política [de lo que no se habla no existe pero ni en veintitrés años lograron convencerme de ese planteamiento...]. Esta vez, pues, no va de nostalgias. Va de riesgos y de temores y preocupaciones por lo que ha de venir, no por lo que fue y no volverá. Hoy he cerrado con palabras el lugar en el verano dónde todo está lleno de calas de color azul turquesa y a las alturas del año en la que nos encontramos es un pequeño récord. Si al final, de mayor, seré Capricornio...!!

viernes, 25 de enero de 2013

Estas tardes de viernes...

Aún me sorprenden estos viernes... Pasar por delante de la escuela donde yo también llegaba a las cinco en punto y aparcaba igual en doble fila y esperaba ilusionada verles aparecer corriendo y preparada para que su carrera se viera frenada en mi cuerpo, con cierta violencia y muchas risas. La tarde volaba entre recados, meriendas y tranquilidad en casa, con niñ#s de otr#s y otr#s niñ#s. O no. La vida se ha llevado esos momentos y a un par de mamás con las que, inevitable, trabé amistad de viernes, que en algún caso fue más allá. Hoy he vuelto a pasar y veinte mil fotogramas de esos momentos me han llenado el coche, la vista y gran parte del tacto. Es todo distinto cuando el uno pasa en casa la tarde, después de comer con unos colegas [también en casa] y la otra me informa por whatsapp que llegará, como mínimo, a las nueve. Y a mi se me abre la tarde y echo a andar, hacia abajo, con excusas inútiles y muchas voces y toda la tristeza porque una frase me golpea los recuerdos. La misma calle y tantos años, se me nublan las manos con lágrimas que retengo y lo rehago todo, recreo los momentos, tus ojos y el reproche que entonces no comprendí: 'si algún día vuelves a verme caminando sola por la calle, por favor, por favor, salúdame...!'.

jueves, 24 de enero de 2013

Así que muchas gracias...

En una noche como esta, con fuertes ráfagas de viento y nieve en las montañas, pienso que me gustaría  encontrar la manera de estar presente de algún modo, en la distancia, y hacerte compañía; no sé, quizá retirándote el pelo de la cara de tanto en tanto, escucharte largamente y en silencio o acariciarte el dorso de la mano mientras estamos en el sofá, a esta hora, tú leyendo y yo impidiendo que pases paginas con la derecha, entre otras caricias; no me pregunto las razones pero siento que por esta vez quemaría los kilómetros y aparecería en tu casa, solo para que comprendieras que mejor no empujemos a la vida y que la dejemos marchar a un ritmo distinto del nuestro, el que es solo suyo. En cambio, a veces pienso y me entretengo en un imposible de tratar de averiguar en qué lugar de entre todos pensarías para pasar unas horas teniéndonos enfrente, entre platos, cubiertos y algunas copas. Y hasta cuántas horas me serían asignadas en una agenda copada de citas y actividades. He dejado de creer en los esfuerzos personales y hasta en mis propios méritos, así es que una piensa que ni va a conseguir nada en esos terrenos ni siquiera que lo merezca. Pero eso es otra historia, que no forma parte de la tuya, de esto evanescente, frágil, intenso y breve, además de otras tantas cosas que me hacen pensar que hacia tiempo que no vivía algo similar ni tan divertido, aunque ya se sabe que en esto de las historias nuevas se quema mucha adrenalina...

Aquí está todo...

Acerca de los datos personales

Mi foto
Si. Claro. Cómo si fuera tan fácil hacer una definición completa y, además, ecuánime de una misma a estas alturas de la vida... Creo que, por lo menos, necesitaría un fin de semana. ¿Hace? ¿Si? :)

Por si se pierde algo...

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.
Number of online users in last 3 minutes Number of online users in last 3 minutes