En la cocina. Me aburro cuando me doy cuenta de que, por costumbre, aliño la ensalada con exquisito aceite de Jaén (España) y el brazo derecho demasiado levantado, en ángulo recto. Abro la ventana y pongo la cabeza hacia atrás. Mucho. La tensión se acumula en el cuello y los trapecios. Necesito estiramientos. Ruidos de ciudad llegan por la ventana y prefiero no pensar en si esto es o no vida. Es un oensamiento inútil, estéril, infértil porque ya me vaticinaron que nunca cambiaría de vida. Un suspiro. Parece que el agua nunca más va a alcanzar los cien grados centígrados y se me hace larga la espera, el día no termina nunca. El teléfono no suena y urge que llene el depósito del coche. Quizá mañana lea en el tablier que únicamente dispongo de un margen de 200 kms. antes de volver a olvidarme de la gasolinera por cuarta vez en dos largos días. Tengo el semblante azul y parece triste. Pienso que quizá lo está. Son las ojeras, que tardan en marcharse. Venir vienen fácil...
Aquí se viene a jugar con las palabras. A vaciar nostalgias. A comprender miradas y silencios. A compartir sin disfraces. Con seudónimo pero el alma verdadera...
martes, 31 de agosto de 2010
lunes, 30 de agosto de 2010
Veintisietemilcosasquecontar...
Nunca me ha gustado usar la palabra normalidad. Ni sus opuestos, contrarios y/o antónimos. Todos son ofensivos, en general. Pero reconozco que esta noche, con el agotamiento propio de una jornada laboral, todo es como era, sin cambios, excepto el agotamiento en sí (ni que prestara mis servicios en una mina, pero el día de hoy ha sido realmente infinito). Anormal ha sido ver con sorpresa que mi cosecha de tomates ha fracasado y únicamente hay un "impar" o "single" colgando en una enorme maceta. No habitual es que Nano, el conejo enano más longevo del mundo, no esté en casa por el momento (logística pura: era imposible incluirlo en el equipaje de regreso). Increíble es que una compañía de bajo coste cobre, sin preaviso, un exceso de peso contra una tarjeta de crédito, con la que se perfeccionó la compraventa del billete. Pero no tengo energía para que me den la razón. O no. Extraño es que no me salgan las letras que forman las palabras, con o sin sentido, que suelen componer una entrada. Y es que yo creo que hay ocho miedos que me rondan y me asaltan de repente cuando bajo la guardia. El más invencible de todos es que no sé si sabré caminar a tu lado o mirarte de frente en algún restaurante que tampoco soy capaz de elegir; ignoro si sabré estar callada o si se nos van a acabar las ventisietemilcosasquecontar. El bloqueo...
domingo, 29 de agosto de 2010
Sin título sugerente, de momento...
Es como si los días de silencio me hubieran alejado de aqui. Como si tuviera miedo de volver a escribir. Sin confianza, vengo. Supongo que irá volviendo, despacio. Con la de momentos y paisajes que me he traido conmigo, de este mes de agosto, largo y diferente...
viernes, 13 de agosto de 2010
Nada. De nada...
Un puñetero suspiro, estos quince días. Todo tan distinto. Un paréntesis, con la cabeza ligeramente girada hacia el lado derecho, hacia ese continente que ellos colcan en el centro del mapamundi, como nosotros y hasta como los americanos, cuando se habla de su geografía. El nuevo destino en mente, por aclarar. Qe se debate claramente con otro lugar con polaridad inversa. Y se atraen. Pero son incompatibles.
Voy a seguir. Otra quincena. Y regresaré como hoy, con cosas que apuntar, cuando pueda alargarme, extensa. Apetece y no es posible...
jueves, 29 de julio de 2010
Sueños y despedidas...
He ido cambiando de sueños a medida que iban pasando años. Hará unos diez, cuando me proyectaba en algún futuro, sin saber bien dónde ubicarme, siempre decía que solamente quería un lugar en el que escribir. Dedicarme a eso, a nada más. Abandonar mi profesión. Era consciente de que para escribir hay que tener algo que contar, dado que soy incapaz de fabular. Una, cuando escribe, siempre acaba hablando de sí misma. Me lo dijeron recientemente y me sonreí porque opino lo mismo. En el interín, descubrí los blogs y abrí el primero. Dejó de estar operativo y me mudé de lugar para abrir el segundo allí donde la mayoría lo hacían. Simple. La tarea de escribir con cierta periodicidad (solo suelo callar el fin de semana y alguna vez entro el domingo por la noche, habiendo desconectado, con ganas de vaciar) creo que me ha secado. La sensación es la de que ya todo está escrito, no quedan juegos de palabras que inventar ni formas que conjugar, que mi vocabulario acabó por quedarse sin ninguna posibilidad. Como si lo que aparece escrito ahora fuera una segunda lectura, un repaso, lo ya conocido y demasiado familiar, hubiera dejado de ser fresco y fuera una suerte de repetición sutil, un subterfugio. Y eso, claro está, me ha obligado a cambiar de sueño porque también yo me sé la lección. Mi sueño eres tú...
Digamos que me sucede lo mismo cada año. La necesidad de ordenar mis cosas antes de marcharme. Repaso la documentación, por si dejara de volver. Solo espero que todo esté tan simplificado que abriendo un cajón aparezcan los papeles necesarios que les faciliten las cosas. La voluntad de despedirme de personas clave, verbalmente, con mensajes claros. Escribir, escribir, escribir. Como si dejando las cosas escritas fuera a disminuir el riesgo. La casa ordenada y la ropa en los armarios, que nunca dejo toallas húmedas sobre la cama ni calcetines sin pareja. El mundo es para dos y ellos tienen el mismo derecho que algunos seres humanos...
Infinita relación de cosas que me encantan...
Tomar el sol. Dormir de tirón. Vestir de lino. Que me sonrías. Comer con palillos. Mirarte a los ojos. Descubrir nuevos lugares. Viajar en tren. Revisitar mis paraísos. Cantar. Sentirme acompañada. Despertar a medianoche. Llorar. Encontrarte en el buzón. Besarte. Conducir. Viajar en barco. Amarte. Los masajes. Que me quieras. Escribir. Un buen vino. Viajar en coche. El Mediterráneo. El verano. No equivocarme. Conocerte. Suspirar. Que me llames. Escuchar. Hacer reir. Los jerseys de algodón. El viento de frente. Las montañas. Que me escuches. Sentirme bien. Hacer planes. Poder orientarles. Escuchar tus suspiros. Tener sueños. Que me acompañes. Saber de ti. La música italiana. Tus manos. Esperar la caída de una estrella fugaz. Hacer deporte y sentirme cansada. Que me beses. Reirme. Pedir deseos. Conocer sabores. Descubrir otros rincones. Que te agite mi voz. Ser útil. Desconectar. Capturar instantes. Que me escribas poemas. Ser paciente. Los horizontes abiertos. Recordarte. Saber que en algún lugar sigues siendo tú. El chocolate negro. El blanco y con leche. Que sean buenos tipos. Llamarte. Poner la radio, sola en casa. Cuidar las plantas. Cortar la hierba. Ocuparme de ti. Navegar. Ser buena gente. Que me laven la cabeza. Las estaciones de tren. Flotar sobre una colchoneta. Los zapatos planos. Esforzarme. Que me lleves contigo. Las grandes ciudades. Una ducha con el agua no muy fría si hace calor. Contarte al oído. Cenar con amig#s. El color azul. Repasar viejos escritos. Saber que estás ahi. Los relojes. Que me digas que te gustan mis besos. Hacer las cosas bien. Encontrarme con gente por casualidad. El esqui. Que sonrías en la foto del facebook. Extrañarte cuando nos separamos. La comida japonesa. Y la española, la francesa, la mexicana, la italiana o la de Thailandia. Verles crecer. Cuidar de ti. Los pantalones cortos. Que me acaricies. La naturaleza. Que te acuerdes de mi. Los aeropuertos. El cielo sin nubes. Tu olor. Mi vida. Leer. La hora del desayuno. Que no llueva. Observar. Ir en moto. Las camisetas de algodón de color blanco. Mi sábana saco de seda azul. El desierto. Los pueblos pequeños. La tecnología. Estudiar. Que me reconozcan. Pensar en ti...
Detalles...
Una conversación telefónica de setenta y cinco minutos parece corta.
Desasosiego.
Redactas en voz baja, muy quieta, correos que nunca escribirás.
Insomnio.
Necesitas noticias con incómoda frecuencia, solo para saber que todo anda bien.
Paciencia.
El tiempo vuela y sientes que no puedes hacer otra cosa que perderlo.
Basta. Basta.
Nostalgia porque sus mejores momentos no los vivió contigo.
Tristeza.
Tampoco tú puedes regalarte sueños.
Coincidencias...
miércoles, 28 de julio de 2010
Coincidencias y maletas medio vacías, a medio hacer...


Este post podría ser exactamente igual que el de ayer a esta misma hora. Spinning. Comida en el mismo lugar. Salida en bici. Cena a solas y tres duchas. Sentada aqui delante con la piel ligeramente húmeda y el pelo mojado, Dintel. Este post podría haber no sido, si no fuera por estas punzadas de soledad que sentía entre conversación y pedaleada, bajando la calle Balmes a más de 45 kms/h. Reconozco que a veces tengo estos impulsos. El pensar que soy invulnerable o, mejor, que, no siéndolo, no importa lo que pueda suceder. El chasis soy yo. Si. Lo sé porque lo he escuchado. Y lo sé porque he debido transmitirlo hacia abajo, a mis descendientes, en decenas de recordatorios. No creo haberlo hecho tan mal cuando son un par de responsables entrañables, a estas edades. Sin histerismos ni terrores. Solo responsables.
Decía que este post... podía... remitirse al de ayer o bien simplemente haber no sido. Pero me temo que mis jornadas, cuasi idénticas, contienen diferencias sustanciales a todos los niveles. A esos niveles de detalle y de las pequeñas cosas, me refiero. He mantenido una larga conversación telefónica que hoy no tenía ninguna esperanza de que tuviera lugar, por ejemplo. He pedaleado sola desde casa hasta reunirme con el grupo y he vencido el vacío en el estómago, ese que siempre siento cuando salgo de casa y no tengo compañía. Hoy me he entretenido en valorarlo, en considerarlo, hasta que lo aparté dulcemente, sin manotazos. A nivel familiar todo está algo mejor que ayer y en perfecto orden de revista [no hablo de las del corazón, que no forman parte de mi vida]. El paseo de ahora ha sido casi más magnífico que el de ayer porque ha discurrido en la montaña, con una vista espléndida y el aire oliendo a pino mediterráneo, sabiendo azul. Pero no estabas tú, también sirve como ejemplo para determinar que la felicidad no es completa, que es imperfecta, que son pequeños momentos. He vuelto a caer en la cuenta de que esta inmensa ciudad es un pueblo, de la cantidad de conocidos que nos hemos encontrado en el trayecto, que, por cierto, subía de una manera insufrible. Tanto que he debido bajar de la bici, con las rodillas gritandome que vale, que imposible seguir los trescientos metros que faltaban hasta nuestra particular cumbre. Y que no soy Contador. Ya.
Ha dado inicio la cuenta atrás. Se están cerrando temas urgentes y me llevaré conmigo el par de asuntos, los clásicos del verano, que me acompañan ya desde hace ocho agostos, que me conectan con la vida normal cuando lo que llevo es una existencia lo más anormal que puedo. Y me esfuerzo para que así sea. Omito lo de subnormal porque me parece un insulto, al menos lo solemos usar como tal, y procuro no utilizar la palabra, siempre. La maleta casi completa sobre la cama, a medio cerrar. Otras cosas señaladas en la lista en formato excel para comprar o añadir en el último momento. Con el calor que voy a pasar me resisto a poner cuatro pantalones largos. Vamos, hombre, por favor. Y en esas estoy. A pesar de no tener problemas de espacio, porque la maleta es casi como uno de esos apartamentos armario que comienzan a abundar en las ciudades grandes. Y yo, que cada vez viajo más ligera...
Voces para recordar...
Reconozco soñar. Pero desde que hubo cambios en el dormitorio, aprovechando que me quedaba sola, como consecuencia de los consejos de feng shui de una experta que nos visitó, no recuerdo lo que sueño. Con carácter general, quiero decir. Mis pesadillas de antes hubieran valido como guión de peli de acción. Ahora no. Son más reposados, más sutiles e intimistas. El de esta noche era prístino: una llamada telefónica entre dos móviles que yo interceptaba desde un tercer aparato. Escuchaba con atención una conversación bastante anodina pero lo que me maravillaba era volver a oir tu voz, hablando con naturalidad de cosas banales. Tu voz. Sugerente y modulada, grave y dulce, honda. Tu voz, cinco años después...
martes, 27 de julio de 2010
Un martes de julio...
Un gimnasio al mediodía: correr, elíptica y tonificar. Por la tarde un gazpacho en diagonal, dos horas de bicicleta y un viento magnífico que eliminaba toda la sensación de calor. Por una vez. Hora y media de movimiento real por la ciudad, descubriendo [absolutamente maravillada] que existen frondosos parques, colindantes entre sí, en barrios casi desconocidos. Es magnífico dar paseos con ella, que siempre sorprende con algún detalle nuevo y aguanta con un fondo inagotable los ritmos más frenéticos. Lo más entrañable: dar el paseo con su descendiente femenina menor, que ya es más alta que nosotras mismas. La playa repleta más allá de las siete y media de la tarde de un martes de julio como hoy. Y ayer, luna llena. Beber, beber y tres duchas en total. Me he sentado con la piel mal secada y el pelo mojado, sin peinar, revuelto hacia atrás, porque quería estar cómoda para poder pensar en ti. Sin interferencias...
lunes, 26 de julio de 2010
Unfaithfulness...
Resumen de un lectura de fin de semana, entre esperas y motores de avión. Acerca de la infidelidad, hay que considerar tres datos:
- el sujeto pasivo: cuya pareja le es infiel, necesita una media de dos años, dos, para superar el shock post traumático.
- el sujeto activo: vive en un estado de ansiedad tal que no suele resistir más de dos años simultaneando laas dos relaciones.
- el/la amante: culpabilidad y ansiedad acaban por bloquearl#.
No tengo idea de con cual de los tres papeles de la obra quedarme...
viernes, 23 de julio de 2010
Tengo aqui dentro un millón de sensaciones que manejar y eso me genera una invencible necesidad de exresarme, como si con eso consiguiera reconocer oficialmente su existencia. Son propuestas, pensamientos, lugares e ideas. Son la angustia de revisitar determinadas sensaciones sin poder reinventar nada. Son conversaciones mantenidas y cien veces repasadas o silencios provocados, difíciles de mantener, que se sostienen por su especial significación. Me cuesta lo mismo reprochar que estar callada, creo. Y la cosa podríamos decir que está así...
Sin creer que sea posible, creo que seguiría queriéndote allí dónde lo dejé de hacer. No porque hubiera sido mi deseo, naturalmente. Enfrente, te comprometerías el alma al comunicarme que todo sucede demasiado tarde, que dejaste de amarme a mi, que he sido substituida. Y esa noticia es de las que marcan los confines de alguien, lo delimitan para siempre, es indeleble porque ni los años arrancan la sensación de abandono... Ni los años, que pasan inexorables y desafiando reglas naturales y señalando pieles... Ni los años...
jueves, 22 de julio de 2010
A golpe de palabras...
El paisaje, distinto, ha vuelto a pasar a mi lado, frente a mis ojos, y lo observaba con atención, a pesar de conocerlo bien. No podía dejar de pensar en unas trescientas cosas que llenan mi agenda de tareas pendientes y ocupan espacios en mi memoria, así que dejé de observar accidentalmente en un par de momentos y me asaltó el miedo a perder el control, a que todo quedara en el aire, a que los planes desaparecieran y los hitos inminentes dejaran de llegar. Me cuesta seguirles el ritmo a las maletas que debo hacer estos días y ni se me ocurre pensar en la que debe solucionarme dos líneas horizontales de calendario, seguidas. Queda demasiado lejos y, sin embargo, está ahi. Tan esperadas y previsibles, tan pensadas y definidas. Quizá no tanto. A ratos, como por descuido, sí. Eso sí. Y de pronto. De pronto a una le entra el pánico y recuerda que estamos en la repetición de algo que ya fue, de sensaciones idénticas, de eso que te prometiste a ti misma que jamás, jamás, sucedería. Y fíjate. Lo que hizo bajar miradas, generó recelos y cambió mundos, eso, ha vuelto, aunque solo sea parcialmente, como en embrión, proyecto. Pienso serenamente, a veces, en ello. Y trazo planes. Y tomo decisiones rotundas, definitivas, frías. Me crezco con mi autoridad. Cuando me siento helada, cuando pasaron algunos minutos y parece que regresaron las normalidades de siempre, las de cada día, todo se esfuma. Todo eso se derrumba de repente, sin querer, por un pensamiento, una palabra escrita, una voz invencible. Nada es comprensible, ahora. Has dejado de fiarte de ti misma y te reprochas, contínuamente y a deshoras, el camino que has tomado, que te han tomado, el que te hicieron tomar, al que te empujaron. Abocada, invadida. Ya ni sé, con precisión. Solo sé que me encuentro, solo sé dónde estoy y quisiera que hubieran pasado unos meses para poder saber en qué he terminado, cuándo libré las batallas y en qué situación quedó mi cadáver. Porque me sé perdedora, como no puede ser de otra manera, porque está escrito en algún lugar que lo tengo merecido...
Nada de películas...
Me inserté los cascos para evadirme, lo confieso. Regresando a alta velocidad, embelesada con los paisajes que aparecen horizontales en las numerosas ventanas del tren y la cabeza repleta de información, me pareció que lo mejor era dejar de pertenecer a mi propia existencia. Y me largué al interior de la pantalla y me apareció una sonrisa [más] estúpida porque la película en sí era un algo dulzón que, sin embargo, me hizo reflexionar e incluso llorar, pero poco y de manera discreta, que había público. La enamorada le lanza al protagonista, entre besos interminables y miradas lánguidas, un par de frases magníficas, justificando una relación que más tarde se demuestra falsa, imposible: "tú eres un paréntesis...; tú eres un descanso de mi vida normal...". Luego se nos informa puntualmente que esa relación estupenda e idílica es [probablemente solo por eso] solo la de dos amantes, aunque uno de ellos ponga más esperanzas, le busque el futuro, quiera más. Como suele suceder...
martes, 20 de julio de 2010
Impresionada...
Una genuflexión para las mujeres que visten el hiyab en estas latitudes. En nuestras condiciones climatológicas, me parece difícil de sobrevivir envuelta en uno de esos pañuelos. Lo intenté en algunos momentos el verano pasado y es indescriptible, la sensación. Pero es que eso no es todo: visten prendas ceñidas de manga larga porque solo pueden enseñar las manos y la cara. Impresionante.
Un poco de nada...
Este verano las noches son largas y extrañas. Las interrumpo frecuentemente y he retrocedido porque vuelvo a tener el teléfono encendido, a mi lado. Así que ahora el hábito es abrir los ojos, inquieta, con calor, escuchar un poco los sonidos de la noche en la ciudad, intentar percibir el aire entrando por la ventana, oir voces que llegan desde la calle y mirar la pantalla. Leer. Y teclear para responder. Las noches se acortan si pienso en el descanso imprescindible y son largas si espero alguna respuesta o quiero que llegue la mañana, para continuar lo que dejé a medias el día anterior. Y así se suceden los días, aunque una ya no sabe muy bien cómo...
lunes, 19 de julio de 2010
Una mañana del séptimo mes...
He ido empujando la mañana, con cuidado, lenta. He tomado conciencia del silencio desde el primer momento y he pensado que hoy todo iba a ser distinto. Procuraba caminar a base de adelantar primero un pie y tras él el otro, como si fuera fácil, como si no hubiera nada más importante en el universo conocido que mi siguiente paso. Como si no hubiera sucedido el accidente de trenes en la India ni la avería del Tibidabo (bonito nombre latino, por cierto), como si medio país no estuviera de vacaciones, como si estuvieras aqui, en tu hueco. Ahora solo queda enfrentarse a la tarde, de idéntica forma, con cuidado, despacio, a pasos. Y a otra mañana, seguida de otra tarde. Como entrenándome para un deshábito o una carencia, sintiéndome valiente porque otras veces fue difícil pero lo conseguí, aunque nadie crea que costó. Me asusta, me preocupa y me da miedo, todo a la vez. Es que yo no puedo hacer más...
domingo, 18 de julio de 2010
Short message service. O sms...
No sé por dónde comenzar a revisar este fin de semana tan extraño y, como no puede ser de otra manera, lo primero que me asalta el estómago es esto...
Sus mensajes cortos suelen ser extensos. Paradoja. Concatena dos o tres sin despeinarse. Resultan largos párrafos, en los que cada frase puede no tener conexión con la anterior. Mucha información. Y me detengo a pensar, por palabra [como los anuncios], con cuidado, procurando interpretar única y exclusivamente lo que motivó el impulso de teclear, a cientos de kilómetros, cuidadosamente. Por alguna razón...
Sus mensajes cortos vibran en el bolsillo derecho de mi pantalón y a veces, por holgados, no lo siento. Pero visito tan frecuentemente la pantalla, por si acaso, por si no sentí su llegada, que no importa, que lo detecto pronto, de manera casi inmediata. Y todo se detiene, dejo de hacer lo que estoy haciendo, pido silencio, me alejo un poco si estoy -como suele suceder siempre en este tipo de fines de semana- acompañada y me impaciento mientras la pantalla obedece lentamente, eternamente, en mi mano derecha [soy diestra, para mi tristeza...], las diferentes instrucciones hasta que se produce la apertura y puedo leer por fin. Una, dos y hasta tres o cuatro veces suelo leerlos, que a veces se escapa la interpretación de los puntos suspensivos o no detecto la omisión de una consonante o la frase en realidad tenía una significación completamente distinta. Una tiene sus manías y, lejos de aniquilarlas, me entretengo.
Sus mensajes cortos suelen ser extensos. Paradoja. Concatena dos o tres sin despeinarse. Resultan largos párrafos, en los que cada frase puede no tener conexión con la anterior. Mucha información. Y me detengo a pensar, por palabra [como los anuncios], con cuidado, procurando interpretar única y exclusivamente lo que motivó el impulso de teclear, a cientos de kilómetros, cuidadosamente. Por alguna razón...
Sus mensajes cortos vibran en el bolsillo derecho de mi pantalón y a veces, por holgados, no lo siento. Pero visito tan frecuentemente la pantalla, por si acaso, por si no sentí su llegada, que no importa, que lo detecto pronto, de manera casi inmediata. Y todo se detiene, dejo de hacer lo que estoy haciendo, pido silencio, me alejo un poco si estoy -como suele suceder siempre en este tipo de fines de semana- acompañada y me impaciento mientras la pantalla obedece lentamente, eternamente, en mi mano derecha [soy diestra, para mi tristeza...], las diferentes instrucciones hasta que se produce la apertura y puedo leer por fin. Una, dos y hasta tres o cuatro veces suelo leerlos, que a veces se escapa la interpretación de los puntos suspensivos o no detecto la omisión de una consonante o la frase en realidad tenía una significación completamente distinta. Una tiene sus manías y, lejos de aniquilarlas, me entretengo.
Sus mensajes cortos son un regalo, por sorprendentes e inesperados [pero en realidad largamente esperados, hasta con inquietud; otra paradoja], por lo que cuentan y, tal vez sobretodo, por lo que callan.
Voy a escribir un gracias bajito, por esas docenas de regalos que he recibido y que han transformado en algo eterno mi fin de semana...
jueves, 15 de julio de 2010
Otra vez ella...
Tal vez sea cierto que la respuesta está en no hacer preguntas. Ya ni sé. Pero a mi me funciona, este silencio cómodo, la confianza ciega, el márgen de maniobra. Aunque sepa que todo es tan provisional y frágil y efímero, que la vida se vuelve de repente y muta y nada es lo mismo. Y esa soledad...
El sistema, la tecnología, me acaba de resucitar a alguien que se fue no hace tanto. Y tengo el estómago escondido, remetido y cerrado desde que he vuelto a ver su foto. Hay crueldades impunes e impotencias extremas. La he visto con sonrisa, melena y como sorprendida ante la presencia de la cámara. Me pregunto quién pudo disparar esa fotografía, quién fue el artífice que le provocó una naturalidad sonriente, aunque fuera una mujer alegre y el momento se capturara estando de viaje, en algún lugar fuera de casa, dónde ella se sentía más ella que nunca.
No me gusta que me hayan devuelto ese recuerdo. Cuando sucede necesito tantos días para desprenderme...
miércoles, 14 de julio de 2010
Larguísimas noches de verano...
Estoy de paréntesis, como atropellada, incapacitada para la vida normal. La falta de descanso y las largas listas de cosas pendientes comienzan a inhabilitarme. Pero sigo en forma y todavía soy capaz de interceptar las miradas que despiertan, en las que se detecta [detekta] algo. La noche amplifica y potencia, arranca ensoñaciones y hasta empuja a imaginar todo, como si solo un dato fuera el relevante, como si el duermevela no fuera a llenarse de ideas fugaces como estrellas y de protagonistas desconocidos de una película. Espléndido momento, la noche. Lástima que potencie tanto la sensación de soledad...
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- diciembre 2008 (20)
Acerca de los datos personales
- spark
- Si. Claro. Cómo si fuera tan fácil hacer una definición completa y, además, ecuánime de una misma a estas alturas de la vida... Creo que, por lo menos, necesitaría un fin de semana. ¿Hace? ¿Si? :)