Sparkling

Aquí se viene a jugar con las palabras. A vaciar nostalgias. A comprender miradas y silencios. A compartir sin disfraces. Con seudónimo pero el alma verdadera...

jueves, 20 de febrero de 2020

Sí, quiero...

He tenido la suerte o la desgracia de ser la pequeña de una gran familia numerosa (eso sucedió antes de que el mundo se hiciera pedazos). Pero podía haberme pasado igual siendo la única mujer, el hijo sandwich, la mayor o la hija única. Indudable que la infancia y el entorno en el que se desarrolla es crucial. Pero también lo son la genética y la predisposición. Y hasta el aire que respiras y los paisajes que observas de niña. En algún momento me llegué a saber los porcentajes de cada uno de esos elementos pero, francamente, los borré. Como a tantas personas y recuerdos, por ejemplo.

Decía todo eso, antes de que se me fueran los dedos a sobrevolar el teclado sin dirección, porque hace días que pienso en un aprendizaje que alguien me regaló hace años y que, visto en perspectiva, ahora, adquiere una importancia impensable.

Fui una persona caprichosa que en la adolescencia y la juventud jugueteó con sentimientos propios y ajenos, provocando y padeciendo celos, tirando y aflojando relaciones, comenzando y acabando a voluntad, sufriendo a veces y deduzco que haciendo sufrir. Eso que ahora sé totalmente insano y hasta inadmisible era mi moneda de cambio. Vergüenza siento ahora al recordarlo. Tanta como gratitud con la maestra que, de un golpe seco en la nuca (es un símil, calma), me sacó de ese bucle enfermizo que, deduzco, podía venir de mi modo de interactuar con mi ascendiente materno. Con toda probabilidad. Tenía que esforzarme mucho entre tanta gente en casa para que me prestara atención y demostrara que me quería.

Decía, de nuevo, que recuerdo haber iniciado una relación a distancia (una de tantas... pero la importante, básicamente) y en mi soberbia supongo que decidiría tratarla como a las anteriores (relaciones). Para mi, la anormalidad era normal. Para ella no.

Y decidió hacerme saber, de algún modo directo pero sutil, que esos juegos inmaduros de criatura malcriada no funcionaban con ella. Y verbalizó en un frente a frente lo que no le gustaba, lo que no quería, lo que no esperaba ni de mi ni de nadie, ni de su compañera en la vida ni de su amor. No puedo recordar los detalles (me perdonaréis pero tengo la mente ocupada en otras cosas) pero voy a concluir el relato diciendo que me enseñó que mi forma de ser (en aquél momento) no era de recibo y que, fácil, había que elegir. Muy fácil. 

Si quería estar con ella, tendría que comprometerme a no más juegos, a estabilidad emocional, a un cierto compromiso (atrás Satanás!!! qué palabra horrible para mí...!), a ser seria en mis promesas, a avanzar hasta dónde nos llevaran la vida, mis descendientes, nuestros ascendientes y los kilómetros que nos separaban.

Respondí que sí. Me formateé. Me hice adulta emocional y nunca más jugué a que la cuerda se podía estirar a límites arriesgados. Si estaba implicada en la relación, lo estaba. Si quería terminarla, no había más que decirlo. Y así nos relacionamos durante muchos años. Y nunca podré agradecérselo lo suficiente...

miércoles, 19 de febrero de 2020

Cierta liberación...

Los días se deslizan lentos, cargados, como a plomo. Y me siento sedal y caña de pescar y anzuelo, que se hunde. Se suman [los días] para formar semanas y en breve se cumplirá el mes, por ejemplo. De cuando el destierro, la expatriación y la expulsión, del cambio, la sorpresa y la decepción. Pena. Enfado. Frustración. Muchas cosas que leo en libros de autoayuda barata de magufos de moda que se hinchan a vender libros repletos de frases hechas. Hablan de vacío, duelo, culpa, tiempo. Y hasta de cómo sobrevivir a todo eso y a la soledad. Y voy trazando planes, miro hacia delante, respiro pequeñas bocanadas y doy pasos breves, cortos, cerca, a medio gas. Y avanzo, de algún modo...

Un saludo cordial...

Como antes. Hay cosas que vuelven a ser. Y redacto textos con la mente mientras camino esta ciudad, concentrada. Luego no recuerdo nada porque mi memoria a corto es así, precisamente: muy corta. Como yo. No recuerdo ni el nombre de las personas nuevas, aún sabiendo lo importante que ese dato es para cada uno de nosotros y la rabia odiosa que me da que confundan el mío. Cosas de mi ascendente femenina y su numerosa descendencia del mismo sexo. Y el caos [también emocional] que ese detalle nos causó a todos. Y así me fue, ayer, por ejemplo, cuando treinta y cinco mujeres [sí: 35!] se presentaron con nombres propios. Bueno, ya advertí que no pensaba esforzarme y que me disculpaba de antemano por los errores. Pues no! Acerté justo con la que decidió retarme. [Era fácil: embellecía el lugar. Cómo olvidarla a ella, justamente?].

Y así, hay cosas que están regresando. Como la rutina de venir aquí cada día. Siempre tuvo efectos terapéuticos escucharme, leerme, exponerme en el anonimato. Y eso que nunca moví un dedo para que viniera mucha gente, por eso: porque es bastante mío, para mí. Y para las cuatro almas que volvéis de manera regular y silenciosa. Un saludo, queridas...!!

martes, 18 de febrero de 2020

Algunas veces...

A veces, alguna vez, se anegan las cuencas de los ojos y se entrecorta la mecánica que permite llenar los pulmones. Visión borrosa, sudoración en algunos puntos del cuerpo, movimientos rápidos y sin sentido. Imposible pronunciar una palabra, al menos yo me desenredo mejor los nudos del pelo que los de la garganta, que me salen dobles, de seguridad náutica. Alrededor: oscuridad. Hacia delante: incertidumbre. Pensamientos de muerte, de fracaso, inseguridad y derrota. Te ocupas los tiempos muertos con cualquier cosa y se dan paseos infinitos, como si quisieras llegar a Grecia por tierra y mar, del tirón, sin parar. Se come porque no hay otra.

Algunas veces el esfuerzo por encontrar aquello que te devuelva la esencia, lo que pueda servir de aliciente, traer de nuevo la sonrisa (ni siquiera pienso en una carcajada, claro) y permita mutar la mueca horizontal que llevas vestida entre la nariz y la barbilla desde hace ya demasiado. Negocias contigo misma con lo más material (un bolso? Un reloj? Algo que tenga ruedas y no contamine?...) y te regalas lo más espiritual que se te presenta. Vale, pues me retiraré, me darán de comer cosas buenas, me quitarán el alcohol y harán que me mueva en lugares dónde no hay nadie Se ocuparán de mi. Y de M. Que se viene conmigo...

sábado, 15 de febrero de 2020

Recomenzándome...

Empiezo a reconocer los procesos. Me está costando, como siempre y porque hacía tiempo que no lo sentía igual. Mucho tiempo, a decir verdad. Este vacío, la falta de ganas, el ostracismo de querer estar encerrada en casa. Cada cosa que hago y las que dejo de hacer siguen un camino que ahora no veo. No pienso. No planeo. Es más, estoy asustada y no me atrevo a tomar decisiones. No me siento fuerte, ergo me noto muy frágil.

Voy del enfado a la tristeza. Poco me muevo de esos dos extremos. Intento entenderlos, cada uno, por separado. Y procuro aplacar el ego, que siempre acaba perdiendo en estos casos. Y el orgullo, también lo retengo un poco. Pero mal. Nada de eso aplicaría ahora. Ni ego ni orgullo. No ahora ni hoy. Lamo mi autoestima como puedo. Y creo que no sé hacerlo muy bien porque sigue ahí, hundida.

Intento recordar que este proceso particular tiene una duración corta, que puedo reponerme rápido, que todo habrá pasado pronto y que volveré a tener fuerza, podré tomar decisiones, ver las cosas con claridad y empezar el olvido. Me veo en el pasado y sé que fue así y lo volverá a ser. Porque cuestionarse las bases de la vida es difícil y pasa factura y arrasa. Pero después se renace. No tengo idea de si recomenzaré más o menos yo, todavía...

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Si. Claro. Cómo si fuera tan fácil hacer una definición completa y, además, ecuánime de una misma a estas alturas de la vida... Creo que, por lo menos, necesitaría un fin de semana. ¿Hace? ¿Si? :)

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